San Pedro de Cervatos

 

 

Al Suroeste de la actual región cántabra, a cinco Kms. al Sur de Reinosa, se encuentra la Colegiata de San Pedro de Cervatos, en el Valle de Campoo, en la zona denominada Campoo de Enmedio.

La primera repoblación del valle de Campoo parece que fue realizada ya en el S. IX. Durante esta época Campoo estará bajo la corona astur-leonesa, para ser ya completamente castellano a partir del año 950, año de la independencia de Castilla, y al ser todo este valle tierra fronteriza y paso obligado desde la meseta castellana a la zona costera, tuvo una primordial atención por parte de los condes castellanos, pudiendo considerar a Cervatos como un monasterio que goza de identidad propia pero dependiente del patronato real.

 

Por lo que respecta a su cronología tenemos dos inscripciones. Por la primera sabemos que en el año 1199 se dedica la iglesia de San Pedro, siendo abad de la misma un tal Martín. La segunda es más confusa pero nos da una fecha de 1129, que está mucho más en relación con las características de la iglesia.

 Por lo que respecta a sus monjes, parece ser que proceden de La Montaña y se establecen aquí, lo mismo que los de toda la Castilla primitiva, en donde se conocen ya desde el S.VIII toda una serie de monasterios cuyos monjes se organizan bajo una regla muy rudimentaria llamada pacto de S. Fructuoso, refractarios a la regla benedictina y a la vida canonical en su más estricto sentido.

 

La Iglesia de S. Pedro de Cervatos, único resto de este antiguo monasterio, constituye por sus características el mejor ejemplo que tenemos de toda esta temática e iconografía que en un principio denominamos como obscena. Su estado de conservación es inmejorable, y al no haber sido víctima de reformas posteriores, es puntal a la hora de nuestro estudio, y máximo si tenemos en cuenta su temprana cronología, la importancia que en su día tuvo el monasterio, y la influencia que a nivel artístico se observa en otras construcciones de la época, es por todo ello por lo que podemos decir que Cervatos marca escuela.

 

 

 

En cuanto a su iconografía general, al exterior observamos un predominio casi absoluto de esa iconografía que viene denominándose erótica u obscena, y de esa otra que siempre nos aparece muy relacionada con ella, pues, como pudimos comprobar, es raro que aparezca la una sin la otra. Por otro lado, no se concentra en un lugar determinado, se extiende por todo el exterior a través de canecillos y capiteles, tanto del ábside como del tejaroz, fachada sur y norte; si bien en esta última, y debido a las inclemencias del tiempo que castigan más duramente a esta parte, su estado de conservación es nulo, aunque por los restos que nos quedan se podría decir que reúne las mismas características de lo conservado, que es mucho.

 

LA PORTADA

  

 

 

 

 

 

La portada se articula a través de una serie de arquivoltas que descansan en tres pares de columnas, presentando todas ellas sus respectivos capiteles, son pues en total seis.

Todos ellos son animalísticos, o bien especie de leones o aves afrontadas, y se encuentran en bastante mal estado de conservación debido a la erosión.

Entre el dintel de la puerta y el tímpano, que muestra una fina labor vegetal a trépano, de raigambre claramente oriental, se encuentra un friso de iconografía animalística en el que observamos tres pares de leones afrontados dos a dos.

Aunque no existe ningún documento serio que nos lo atestigüe, se han querido atribuir ciertas influencias orientales, existentes en Cervatos al observar su portada, a la presencia de mercaderes sirios y bizantinos, no obstante, aunque sean de clara raigambre oriental, no tienen por qué ser atribuidas necesariamente a la presencia de éstos

La portada se protege con un pequeño tejaroz que alberga trece canecillos. Su iconografía de izquierda a derecha es la siguiente:

Can. Tej. P. S. I : Contorsionista.

Can. Tej. P. S. II : Juglar músico.

Can. Tej. P. S. III : Clérigo juglar.

Can. Tej. P. S. IV : Enmascarado.

Can. Tej. P. S. V : Coito.

Can. Tej. P. S. VI : Cabeza de animal cornudo.

Can. Tej. P. S. VII : Juglar disfrazado.

Can. Tej. P. S. VIII: Composición juglaresca.

Can. Tej. P. S. IX : Figura humana itifálica.

Can. Tej. P. S. X : Pareja entrelazada.

Can. Tej. P. S. XI : Ostentación del sexo masculino.

Can. Tej. P. S. XII : Ostentación del sexo femenino.

Can. Tej. P. S. XIII: Animales entrelazados.

 

 

 

 

 

 

Empezando por el tejaroz de la portada del muro Sur, ya en primer lugar nos encontramos con un ejemplo de los que casi siempre aparecen en este contexto en donde nos encontramos inmersos. Es éste el Can. Tej. P. S. I, que parece ser una figura que, apoyando todo el peso de su cuerpo en las manos, cabeza abajo y con las piernas levantadas y flexionadas, estuviera realizando una pirueta. Quizás pudiera tratarse también de una bailarina que en un momento determinado de su danza, echara el cuerpo completamente hacia atrás hasta apoyar las manos en el suelo. No obstante, y por comparación con otros canecillos similares en donde nos aparece una iconografía muy parecida, creemos más acertado clasificarlo como un contorsionista.

Si bien la figura puede apreciarse globalmente en sus formas y volúmenes, no así el detalle, tanto de rostro como de indumentaria, que se ha perdido. Solamente se podría decir que calza una especie de botas de caña corta que le tapa el tobillo, y todavía existen los restos de su cinturón. Por otra parte, el artista en su realización no ha logrado plasmar en todo su naturalismo la posición lograda por el contorsionista, puesto que éste nos aparece con los talones hacia afuera, cuando en realidad, tanto si estuviera realizando una como otra de los dos actividades anteriormente descritas, los talones tendrían que aparecer hacia adentro.

 

 

En el Can. Tej. P. S. II, nos encontramos con un músico tocando el arpa que apoya sobre el hombro derecho. Con la cabeza ladeada hacia el lado izquierdo parece mirar a la grotesca figura representada en el siguiente canecillo, mientras que sería más razonable que volviera el rostro hacia el otro lado, mirando al acróbata con el que formaría pareja, puesto que las fuentes medievales nos dicen que ambos eran inseparables en ciertos tipos de espectáculos. Quizás el artista esté indicándonos con ello que la representación se continua en el conjunto.

La posición es claramente sedente y ocupa la totalidad del canecillo. En su rostro se pueden apreciar todavía sus facciones, el cabello y la barba. Su indumentaria, por el contrario, no podemos describirla por el mal estado de conservación, aunque parece estar envuelto en un amplio manto o capa. Las manos, de gran tamaño y desproporcionadas en relación con los otros miembros del cuerpo, las lleva al citado instrumento, sujetando con la izquierda el armazón de éste, mientras que la derecha parece tañer sus cuerdas. Todo ello nos hace incluirlo dentro de ese grupo que denominamos juglares. No obstante, dentro de éstos es preciso hacer varias agrupaciones, pues se diferencian sustancialmente en su iconografía, por lo que creemos necesario diferenciarlo dentro del grupo, clasificándolo como juglar músico, tañedor de arpa.

 

 

El Can. Tej. P. S. III representa a un personaje masculino sentado con la cabeza cubierta por una especie de casquete o gorro que le llega casi hasta las cejas, lo que nos estaría indicando que se trata posiblemente de un monje como otros que veremos en distintas actitudes en algunos de los otros canecillos del resto de la iglesia. El rostro está prácticamente destrozado, pudiendo percibirse sólo el ojo derecho de forma almendrada y bastante grande. La posición de las manos no es clara, pero da la sensación de que se las lleva a la boca. Pudiera quizás estar tocando un instrumento de viento, algo parecido a una especie de armónica. En su iconografía es muy parecido a otro existente en Bárcena de Pie de Concha, cuyo instrumento puede apreciarse perfectamente entre las manos, y muestra la misma actitud de llevárselo a la boca. Poco más puede apreciarse, sólo que va desnudo y se exhibe con las piernas separadas, mostrando la base de lo que sería un enorme falo que hoy en día aparece destrozado. No cabe duda que estamos ante un clérigo juglar, pues la forma en como se cubre la cabeza así parece indicarlo, siendo también muy característico de éstos, el que aparezcan desnudos y con características itifálicas muy marcadas, hecho que es indudable, al observar como queda la huella de lo que un día fue un gran falo.

 

 

El Can. Tej. P. S. IV se encuentra muy erosionado, y aunque se observan los grandes volúmenes, no podemos precisar muy bien todos los detalles por el estado de conservación de la piedra. No obstante, se ve claramente que es una figura sedente cuyo rasgo más sobresaliente es su grande y monstruosa cabeza. Su boca es de tremendas proporciones y aparece entreabierta, llevándose las manos a las comisuras de ésta. Podría recordar a esos grandes cabezudos que aún en las fiestas populares de algunos pueblos recorren las calles participando de la fiesta. Va desnudo y sus piernas, brazos y manos, sobre todo, son humanas. Las piernas las tiene separadas, y aunque no puede apreciarse muy bien, parece tener características itifálicas. Por todas estas características pudiera tratarse de un hombre desnudo disfrazado a modo de cabezudo, con una máscara que le cubre totalmente la cabeza y que sostiene con las manos. La gran boca entreabierta le serviría, como sucede todavía hoy en día, para poder ver a través de ella a la hora de sus desplazamientos.

Por ser un tipo de iconografía que se repetirá bastante en algunas de estas iglesias, y que por sus características todo parece indicar que se trata de un personaje disfrazado, hemos creído conveniente denominarlo como "Enmascarado", puesto que son muchas las fuentes que nos hablan de ellos, como ciertos personajes que salían en determinadas fiestas de tradición pagana, constantemente recriminadas por muchos Padres de la Iglesia, pero que no obstante seguían celebrándose.

 

 

En el Can. Tej. P. S. V, en bastante buen estado de conservación, es indudable que nos encontramos ante el acto del coito justo en el momento del acoplamiento. La mujer parece que se encuentra acostada viéndosele simplemente las nalgas, pero por el conjunto de la composición vemos como mantiene sus piernas en alto, estando encima de ella el varón, al que se le ven las piernas y los órganos genitales en el momento de la introducción.

 Si nos fijamos en el mismo canecillo, pero lateralmente, podemos observar todos los pormenores con que el escultor dotó a la composición, haciéndola partícipe de un gran realismo.

 

En el Can. Tej. P. S. VI, todo a primera vista parece indicar que nos encontramos ante una representación animalística, posiblemente una cabeza de animal cornudo, pues sus rasgos: largo hocico, grandes cuernos volteados hacia atrás y enmarcándole la cara, así parecen indicarlo. No obstante, la forma tan poco naturalista en que ha sido tratada la composición, en relación con otras formas animalísticas que aparecen en la misma iglesia, da pie para que dudemos de esta primera impresión; además su estado de conservación es bastante bueno en cuanto a sus rasgos generales, aunque la erosión, como es tónica general, ha hecho presa en ella. Si bien a primera vista todo parece indicar que se trate de una cabeza de animal cornudo, por los rasgos que presenta se hace difícil la interpretación, no pudiendo dejar de apuntar que pudiera quizás tratarse de una máscara de cabezudo, que estuviera aludiendo a dicho animal.

 

 

El Can. Tej. P. S. VII presenta a un hombre itifálico disfrazado, agarrado a un columpio. En él se nos muestra lo que a primera vista podría ser un mono que parece columpiarse. Si nos fijamos con detenimiento en el rostro, las facciones que presenta no tienen que ver mucho con las de un simio, más bien parece un ser monstruoso de difícil identificación, con prominente nariz, ojos oblicuos y hacia abajo, boca grande, y orejas triangulares y caídas. Otro dato que nos da pie para afirmar que podría tratarse realmente de un hombre, es que tanto el cuerpo como las extremidades parecen corresponder a una figura humana, además su estado de conservación es bastante bueno, por lo que la identificación se hace más reconocible. Todo parece indicar, pues, que se trate de un hombre disfrazado, pero es preciso diferenciarlo de esos otros enmascarados ya aludidos, pues la actitud en que aparecen unos y otros, así nos lo aconseja. Es por ello, por lo que dentro de ese grupo en que la figura humana aparece con algún tipo de disfraz, podemos clasificar a éste como "Juglar disfrazado", pues las fuentes aluden a ellos, como acompañantes en los espectáculos juglarescos.

 

El Can. Tej. P. S. VIII es muy similar al canecillo anterior por lo que respecta a las facciones de ese ser monstruoso representado. Sus rasgos son muy parecidos aunque de cabeza más cuadrada, orejas más triangulares y puntiagudas, y boca también triangular y mucho más marcada. Si en el canecillo anterior lo veíamos en actitud de columpiarse, ahora nos aparece en otra clase de actividad, pues tiene cogido por el trasero a otra figura desnuda y flexionada, que muestra su rostro al espectador a través de sus piernas separadas, y cuyos rasgos, aunque difíciles de percibir, son humanos, pues su estado de conservación es bastante bueno, lo que permite darnos una idea de conjunto bastante acertada. Ante esto la clasificaríamos como composición juglaresca, y por las noticias que han llegado hasta nosotros, podríamos encontrarnos ante un posible "Facedor de zaharrón".

 

 

En el Can. Tej. P. S. IX aparece una figura itifálica con facciones simiescas, no obstante el cuerpo corresponde completamente a un ser humano. Está sentado y se lleva la mano izquierda a la boca que muestra abierta en forma de embudo; la derecha, cubierta por la pierna, parece que se la lleva al trasero, aunque en otras representaciones de esta misma iglesia, muy similares, se ve como se la lleva al falo, o bien como sujetándoselo, o bien en actitud onanista. Aunque de rasgos itifálicos, éstos no están muy marcados, se puede decir que el escultor puso todo el acento en los rasgos del rostro, sobre todo en la boca que aparece completamente deformada, dándole esa apariencia antes mencionada, y en los ojos que son desmesuradamente grandes y como desorbitados. La nariz, de forma triangular y bastante prominente, le hace perder parte de su aspecto simiesco. Parece encontrarse, pues, en una actitud de esas consideradas como degradantes, y que abundan tanto en nuestra iconografía, hasta tal punto que es imprescindible hacer un gran apartado con todas ellas.

 

 

El Can. Tej. P. S. X se trata de una composición de difícil identificación. Parece una pareja de dos figuras entrelazadas, una de las cuales se lleva a la boca algo de una extremada longitud que parece salir del cuerpo de su compañero; por la forma no parece corresponder a ninguna de las extremidades, podría ser el falo, pero éste ha alcanzado tales dimensiones que se hace irreconocible, además se encuentra muy erosionado y deteriorado. Creemos que el estado de conservación sólo nos permite clasificarla como entrelazo de figuras desnudas, e hipotéticamente podríamos encontrarnos ante una "felatio".

 

 

En el Can. Tej. P. S. XI, asistimos a una clara ostentación del sexo masculino. Hombre desnudo sentado de características itifálicas desmesuradas. Por la actitud que muestra no parece encontrarse en estado normal, se lleva la mano derecha a la cabeza y la izquierda a la mejilla, apareciendo sus rasgos faciales un tanto deformados. De nariz prominente, ojos desorbitados y boca bastante grande y torcida, como en una mueca, cubre su cabeza con una especie de gorro, pero que en nada tiene que ver con ese otro con que vemos cubiertos a esos otros personajes que hemos identificado con clérigos o monjes. En bastante buen estado, pero con el falo destrozado en parte, podemos clasificarla como una figura itifálica, pero por su emplazamiento, siempre al lado de una mujer de piernas levantadas que muestra su sexo a la mirada del espectador, bien pudiera tener otras implicaciones, quedando incluida dentro de un grupo al que denominamos "Ostentación del sexo masculino".

 

 

La representación que aparece en el Can. Tej. P. S. XII, parece una mujer aunque los rasgos del rostro tengan muy poco de femeninos. Se coge las piernas por las corvas y las levanta hacia arriba. Todo el énfasis de la composición está puesto en ese rostro de rasgos más bien exagerados, y en los órganos genitales femeninos que ostensiblemente muestra entre las piernas separadas. Es una representación que se encuentra en bastante buen estado de conservación, y, si a menudo vamos a verla a través de nuestra iconografía, muestra una novedad con respecto a las otras. Aquí vemos a una mujer que no está sola, por detrás de ella aparece situada otra figura, de rasgos claramente varoniles, que apoya la barbilla encima de la cabeza de la anterior. Es por ello, y ya que siempre aparece ubicada al lado de una figura varonil en la misma actitud, por lo que nosotros la clasificamos de "Ostentación del sexo femenino".

 

Cerrando ya esta secuencia de canecillos del tejaroz, tenemos el Can. Tej. P. S. XIII, en el que aparecen una serie de animales unos encima de otros entremezclados. Posible coito entre animales aunque sea difícil precisarlo, pero no sería de extrañar, puesto que una escena semejante la vemos con claridad en las metopas figuradas de dicha portada, situadas entre los canecillos. En ella sólo se aprecian los amplios volúmenes, lo que hace más difícil la clasificación. Precisarlo, no obstante, debido al estado de conservación y a la composición en si, sería un poco atrevido.

 

Ante lo analizado hasta aquí, vemos como el contexto festivo es indudable, pues esa iconografía denominada hasta ahora obscena, aparece rodeada de un conjunto de representaciones en donde se hace patente la temática juglaresca, acompañada de toda una serie de representaciones que nos hablan de hombres disfrazados, y como tendremos oportunidad de ver, éstos se encuentran siempre relacionados con ciertas fiestas de carácter religioso, en las que tomaban parte comparsas de hombres disfrazados a manera de fieras, realizando distintas funciones.

 

Relacionadas quizás con este ambiente festivo, pudieran estar las representaciones que se encuentran en las metopas de dicho tejaroz. En ellas, aunque ha desaparecido sustancialmente la iconografía anteriormente descrita, asistimos a la representación de una serie de figurillas que, hipotéticamente hablando, pudieran estar formando parte de la hipotética fiesta. Así en la Met. Tej. P. S. III, nos encontramos con dos figuras sentadas, una de perfil y otra de frente, que bien pudieran asistir a una determinada representación. Lo mismo se podría decir de los personajes representados en la Met. Tej. P. S. V, en la que aparecen ahora tres figuras humanas de pie. Una composición muy particular, y que después se repetirá en la iglesia de San Cipriano de Bolmir, aunque con alguna variante, es la que nos muestra la Met. Tej. Port. S. X, en la que vemos a dos animales copulando y dos cabezas humanas al fondo. En las dos últimas metopas volvemos a encontrarnos con una serie de personajes muy parecidos a los ya mencionados. Son estos figuras que muy bien podrían pertenecer a personajes populares de aquella época.

Ya en el alero del tejado del muro sur, volvemos a encontrarnos con toda una serie de canecillos, en total veinticuatro, cuya iconografía es de gran interés para nuestro estudio.

 

 

 

Can. S. I : Cabeza de fiera con la boca abierta y
         dentada.
Can. S. II : Hombre sedente y desnudo.
Can. S. III : Clérigo juglar con tablillas u hojas.
Can. S. IV : Especie de bola o fruto, posible manzana,
          medio cubierto por una hoja.
Can. S. V: Hombre sedente que transporta barril.

 

Can. S. VI: Bola o fruto con hoja.
Can. S. VII: Cabeza de animal cornudo.
Can. S. VIII: Hombre de pie bebiendo de un tonelito.
Can. S. IX: Juglar tocando la vihuela o el rabel.
Can. S. X: Juglar músico tocando el pandero.
Can. S. XI: Monstruo andrófago.
Can. S. XII: Tres rollos o bidones cilíndricos en los dientes de un animal.
Can. S. XIII: Hombre sentado en actitud onanista.
Can. S. XIV: Fruto cubierto con hoja del que salen una especie de raíces.
Can. S. XV: Hombre itifálico desnudo y sedente.
Can. S. XVI: Animalístico, liebre o conejo.
Can. S. XVII: Hombre desnudo y sentado. Posible "felatio".
Can. S.XVIII: Clérigo o monje que sostiene entre sus manos un libro o tablilla.
Can. S. XIX: Posible escena de acoplamiento.
Can. S. XX: Una cabeza, al parecer humana, sostiene tres barricas o barrilitos.
Can. S. XXI: Geométrico, en caveto.
Can. S. XXII: Saltimbanqui o contorsionista.
Can. S. XXIII: Juglar músico tocando el arpa.
Can. S. XXIV: En caveto con medio rollo en lo alto.

 

 

 

Si bien en el Can. S. I vemos una cabeza de fiera con la boca abierta y dentada, en el Can. S. II tenemos a un hombre sentado que coge sus piernas por debajo de la rodilla y parece desnudo. El rostro aparece muy desgastado pero se podría decir que lleva barba. El gesto es de mirada al frente pero con la barbilla un poco hacia arriba. El cabello ensortijado, se nos presenta en una disposición de rizos o bucles, a modo de casquete. ¿Quizás otro de esos personajes que desnudo toma parte en alguna determinada representación que se está realizando?

 

 

El Can. S. III muestra a un monje sentado, pues lleva traje talar y se cubre con esa especie de gorro tan característico, y tiene entre las manos una especie de tablillas u hojas. Aunque se pueden apreciar poco los detalles, presenta una marcada nariz y ojos más bien saltones; de boca grande y labios gruesos, parece tenerla entreabierta como si recitara. Todavía se puede apreciar también lo que en su día pudo ser una poblada barba. Ante la existencia constatada de clérigos juglares en aquella época, a los que incluso el concilio de Tréveris, en el año 1223, prohibe cantar y recitar versos en las misas, en el Sanctus y Agnus Dei, creemos que podríamos encontrarnos ante uno de éstos, puesto que otras veces los tenemos claramente tocando algún instrumento. Sería pues en este caso un clérigo juglar, y de entre ellos, de los denominados de boca o "clérigos jaculatores".

 

 

En el Can. S. V observamos a un hombre sedente que soporta sobre sus hombros una especie de barril o tonelito. Va provisto de barba y poco más se puede apreciar de su rostro. Permanece sentado con las piernas separadas y las manos apoyadas en las rodillas como en actitud de descanso, pues parece abatido por el peso que transporta. Este parece consistir más bien en un barril no de muy grandes proporciones, las justas para ser transportado por un hombre, y sujeto a su espalda por una especie de tirantes o correas, que se las ciñe por debajo de los brazos. Su gollete es de forma cuadrada y está situado en el medio de la panza. No se puede apreciar con claridad su indumentaria, pues sigue la misma tónica general, y si su estado de conservación nos permite apreciarlo en todos sus volúmenes, no así el detalle que se ha perdido. No obstante parece ir desnudo, ya que se le marcan perfectamente los volúmenes de brazos, piernas y cuerpo, sin rastro de pliegues o vestido. creemos que es de suma importancia precisar si lleva o no indumentaria, pues el desnudo, en esta iconografía que tratamos, puede llegar a adquirir un carácter ritual. Lo que nos da pie para intuir esto, es que es normal en otros muchos personajes, como pueden ser los clérigos juglares que aparecen tocando algún instrumento, no siendo sólo privativo de aquellas otras, que hasta ahora han sido consideradas como obscenas.

 

 

Mientras que el Can. S. VII representa la cabeza de animal cornudo de características bastante naturalistas, concentrándose toda la expresión en los ojos, de nuevo a continuación, en el Can. S. VIII, vemos a un hombre de pie y de espaldas, que sostiene con ambas manos, y por los extremos, una barrica o tonelito del que bebe. El barril tiene las mismas características que el que aparecía en el Can. S. V, de la misma iglesia, y poco se puede apreciar más, pues se encuentra bastante desgastado por la erosión, sólo que, por los volúmenes, el personaje parece ir desnudo al igual que el otro y la mayoría de ellos que componen nuestra iconografía.

 

 

El Can. S. IX nos presenta un músico tocando ahora la vihuela o el rabel. Por la forma con que tiene cubierta la cabeza, parece tratarse de un monje o clérigo semejante a los otros ya descritos. Presenta barba y va desnudo. Sobre el hombro izquierdo apoya el instrumento, y en la mano derecha, con el brazo flexionado, tendría el arco con el que tañería las cuerdas, hoy en día desaparecido, pues su estado de conservación sigue la tónica general de erosión, no obstante podemos apreciar todavía en él todas aquellas características iconográficas, que nos permiten dar una descripción bastante fidedigna. Creemos que es importante hacer hincapié en esas otras características iconográficas, como son el ir desnudo y cubierta la cabeza con esa especie de gorro con que se cubrían los clérigos o monjes, pues esto nos da pie para diferenciarlo de aquellos otros juglares, tañedores de instrumentos, que también son muy comunes dentro de nuestra iconografía, y que aparecen junto con estos en un mismo contexto. Es por ello por lo que a éstos los incluimos dentro de un grupo, al que denominamos "clérigos juglares".

 

 

En el Can. S. X, de nuevo podríamos encontrarnos ante otro músico, en este caso un tocador de pandero. Es barbado, está sentado y sus características son claramente itifálicas aunque no muy marcadas. Sostiene entre sus manos lo que a primera vista pudiera parecernos una hogaza de pan, pero por las características de los otros personajes que le rodean, portadores de instrumentos, bien podría tratarse del citado pandero. Parece desprovisto de indumentaria, hecho muy probable por sus características itifálicas, no obstante, sus pies muestran un tipo de calzado, como una especie de botines, los característicos "pedules", que le cubren el tobillo. En la cabeza lleva el mismo tipo de gorro, que otros muchos, que le llega hasta las cejas, es por tanto otro de estos monjes o clérigos. Bastante bien conservado por lo que respecta a sus formas y volúmenes, creemos que una correcta clasificación, por sus características iconográficas y por el contexto en que se encuentra, es la de que nos encontramos de nuevo ante un "clérigo juglar".

 

 

Una nueva iconografía es la que nos ofrece el Can. S. XI, pues en él hace su aparición el tema del monstruo andrófago. El personaje de espaldas parece tener flexionadas las piernas e ir cubierto de medio cuerpo para abajo con una especie de calzones o faldellín, aunque eso no impide que muestre el falo entre las piernas separadas. Levanta los brazos, estirados hacia arriba, enmarcando la cara del monstruo que cierra las fauces en torno a su cuello. El rostro del animal, difícilmente identificable, es de forma triangular y parece llevar algo sobre la cabeza que no se puede identificar con exactitud, pero cuyos volúmenes se diferencian perfectamente de la moldura superior del canecillo. Aunque el rostro del animal se encuentre en un estado de erosión bastante avanzado, lo que nos impide determinar de que animal se trata, no obstante, todos los demás datos de la composición permiten una clasificación fuera de dudas. Su interpretación suele variar según el contexto en que se incluya, siendo considerado una veces como "Leviatán", otras como "animal psicopompo", y otros como "símbolo de resurrección" a través de la muerte iniciática, pero lo que nadie duda es en denominarlo "Monstruo Andrófago". Si bien a primera vista este tema poco tiene que ver con esa iconografía que ha venido llamándose obscena, el motivo de que la hayamos incluido entre ella, es porque creemos que ni la una es obscena, y esta otra se haya muy relacionada con el resto de las representaciones en el conjunto.

 

 

Mientras el Can. S. XII presenta tres rollos o bidones cilíndricos en los dientes de un animal, de nuevo en el canecillo Can. S. XIII vemos a un hombre sentado en actitud onanista. Es muy semejante en todo al Can Tej. P. S. IX, pero aquí, más que presentar su boca en forma de especie de embudo, parece que se trata de un vaso del que está bebiendo. También, algo que no podíamos apreciar en el canecillo del tejaroz, era lo que hacía con su mano, cosa que aquí está bastante clara, pues se coge con ella el falo, lo que nos da pie para pensar que posiblemente se encuentre en la actitud mencionada. Además, aunque desgastado por la erosión, conserva perfectamente todos los datos que nos permiten una correcta lectura de toda la composición. Otra de las diferencias es que aquí la mano que se lleva al miembro viril es la izquierda, siendo en el otro la derecha.

Es un tipo de iconografía que se repite bastante en San Pedro de Cervatos. Normalmente sólo se dice de él que es una figura de hombre con cabeza de mono e itifálico. Creemos que es también importante fijarnos en la actitud que muestra, pues esa misma actitud onanista se va a repetir constantemente en otros muchos, lo que nos obliga a hacer un gran grupo iconográfico con todos ellos, no por sus rasgos faciales, sino por esa misma actitud en que se encuentran.

 

 

Sigue a éste una especie de fruto cubierto con hoja del que salen unos tallos o raíces y ya en el Can. S. XV de nuevo volvemos a encontrarnos con la misma representación iconográfica del Can. S . XIII, pero si en el anterior observábamos alguna diferencia con el Can. Tej. P. S. IX, aquí éste es prácticamente similar al del tejaroz, no pudiendo precisar si es un vaso lo que se lleva a la boca, o es que tiene ésta abocinada, pues la erosión hizo perder algunos datos que dificultan su lectura. Tampoco se sabe lo que en realidad está haciendo con la mano, aunque en este caso es también la izquierda la que parece que más bien se la lleva hacia atrás, hacia el trasero. Si bien por el estado en que se encuentra, no podemos precisar con exactitud si es un vaso lo que se lleva a la boca, o tiene ésta abocinada, lo que sí está claro es que no es la mano. Creemos de nuevo que, por la actitud en que se encuentra, es mejor incluirlo dentro de ese gran grupo que está realizando uno de esos actos considerados hoy en día como degradantes, pues no es muy ortodoxo presentarse desnudo, mostrando rasgos itifálicos, y llevarse la mano al trasero.

 Mientras en el Can. S. XVI podemos apreciar lo que a primera vista parece una liebre o conejo, sin poder dejar de apuntar que otras veces nos encontramos con saltimbanquis disfrazados de tal, hecho que aquí no es tan palpable aunque la postura, así como los rasgos del rostro, pudieran indicárnoslo, el Can. S. XVII vuelve a ser antropomorfo.

 

Presenta éste a un hombre sentado que de nuevo se lleva algo a la boca. Quizás la primera impresión sea la de encontrarnos ante un tocador de instrumento de viento, o un personaje en actitud de comer algo, así como un enorme pan alargado. No obstante, no creemos que se trate de un músico, pues cuando alguno de estos aparece tocando alguna especie de flauta, ésta es completamente reconocible e iconográficamente distinta. En cuanto a su actitud de comer, no la hemos encontrado nunca en nuestro contexto, y por otra parte, por la forma curvada y el nacimiento entre las piernas de ese algo que se lleva a la boca, más parece un enorme falo, que otra cosa. Además, si tenemos en cuenta las características del personaje, muy emparentado en sus rasgos faciales con los de los canecillos: Can. S. XIII y Can. S. XV, podría estar realizando de nuevo un acto de los denominados hoy en día degradantes, como sería el de una "autofelatio".

En realidad, aparte de los rasgos del rostro, que son los mejor conservados, de ojos almendrados y saltones, y boca desmesuradamente abierta, en círculo, para poder introducir en ella lo que sostiene entre las manos, y que casi no abarca, poco más se puede apreciar, si bien se encuentra en bastante buen estado como para poder determinar su actitud, aunque la erosión no nos permita determinar con exactitud lo que se lleva a la boca.

 

 

Un clérigo o monje que sostiene entre sus manos un libro o tablilla al que parece dirigir la mirada, es el que nos encontramos en el Can. S. XVIII. En este caso, si la acción que está realizando es muy semejante a la del Can. S. III, pues ambos parecen leer de esa especie de tablilla o libro, su iconografía es completamente distinta. Este va vestido con una especie de túnica de amplias mangas que le llega hasta los pies, da la sensación de que lleva la cabeza rasurada, y no la cubre con esa especie de gorro tan característico en los otros. Aunque es muy difícil de precisar por el estado de conservación del canecillo, ya que, desgastado por la erosión, sólo se aprecian los amplios volúmenes, parece que haya tenido barba y unos largos bigotes que aún hoy en día le caen a ambos lados del labio superior. Por el contexto en que se encuentra, y por lo ya expuesto al tratar el Can. S. III, lo podemos incluir dentro de ese grupo que denominamos "clérigos jaculatores".

 

El Can. S. XIX nos presenta una figura sentada y de rasgos faciales marcadamente masculinos, pues presenta restos de lo que fue una poblada barba. Tiene las piernas abiertas, y a través de ellas asoma el rostro de otro personaje. Creemos que podría tratarse de otra escena de acoplamiento, y las dos protuberancias que aparecen en primer plano, pertenecerían a la figura que se encuentra debajo, pudiendo ser perfectamente sus pies, y encontrarse acostada de espaldas con las piernas flexionadas hacia adelante. Viene a apoyar nuestra hipótesis, el que la figura que se encuentra encima, sentada, da la sensación de ir vestida, pues todavía se percibe el extremo de las mangas de la prenda con la que cubriría su cuerpo, por ello, no podrían ser sus senos, no sólo por encontrarse demasiado bajos para pertenecerle, sino también porque tampoco se podrían ver al llevar el cuerpo cubierto. Por otra parte, aunque por el estado de conservación, bastante desgastado por la erosión, la composición aparece a primera vista algo confusa, todavía quedan datos que nos permiten una lectura aproximada. Se ha intentado ver en ella a una mujer dando a luz, pero por lo ya expuesto en la descripción iconográfica, creemos que estaría más cerca de la realidad clasificarla como "escena de acoplamiento".

 

 

Otra de las iconografías que con bastante asiduidad vemos aparecer en nuestro contexto, es la del típico personaje que acarrea sobre sus espaldas un pequeño barril o tonelito. En el Can. S. XX vemos esta iconografía pero con una variante, pues aquí lo que se representa son tres barrilitos superpuestos sobre una cabeza humana, encontrándose todo ello en bastante mal estado de conservación.

 

 

 

Mientras el Can. S. XXI es geométrico, en caveto, en el Can. S. XXII vemos a un saltimbanqui o contorsionista que se sostiene sobre las manos, cabeza abajo y piernas en alto. Muy similar en su actitud al Can. Tej. P. S. I. Como aquel, su postura es bastante forzada. El rostro que mira al espectador se encuentra enmarcado por los brazos que los tiene flexionados, cuerpo recto en vertical y piernas dobladas hacia adelante. Va vestido, pues todavía podemos apreciar los restos de su cinturón con una hebilla de forma redondeada, pero poco más se puede apreciar, pues se encuentra bastante desgastado por la erosión.

 

 

De nuevo volvemos a encontrarnos con un tañedor de arpa en el Can. S. XXIII, pero aquí su iconografía es distinta a la del Can. Tej. P. S. III, que lucía un espeso cabello. Ahora este juglar, que cubre su cuerpo con brial, tiene la cabeza completamente rasurada a semejanza del de el Can. S. XVIII, con el que indudablemente está emparentado por su fisonomía. Cierra la secuencia de esta serie de canecillos del muro Sur el Can. S. XXIV, pero es puramente geométrico, por lo que no entra dentro de la iconografía que estamos tratando.

 

 

 

 

 

EL ÁBSIDE

 

Exteriormente el ábside aparece dividido en cinco tramos, dos rectos, pertenecientes a los lados del presbiterio, y los otros tres curvos, los del semicírculo. Cada tramo está separado respectivamente por un contrafuerte prismático sosteniendo cada uno de ellos una columna con su respectivo capitel y albergando en total treinta y cuatro canecillos.

 

 

 

 

CAPITELES DE COLUMNA DEL ÁBSIDE

 

 

 

 

 

 

Cap. Col. Abs. I: Leones afrontados con volutas en lo alto, y otro encima apoyado

              en los cuartos traseros de los anteriores.

Cap. Col. Abs. II: Animales afrontados que parecen luchar. En el extremo unas figurillas

              humanas de pie.

Cap. Col. Abs. III: Entrelazos de tallos en hojas profundas.

Cap. Col. Abs. IV : Cuadrúpedos afrontados.

 

Por lo que respecta a la serie de canecillos que sostienen el alero del ábside, y en cuanto a su iconografía general, de izquierda a derecha, es la siguiente:

Can. Abs. I : Hombre sentado llevando una barrica.

Can. Abs. II : Músico juglar tocando el arpa.

Can. Abs. III : Hombre de espaldas bebe de una barrica.

Can. Abs. IV : Monje desnudo levanta las piernas.

  

 

Can. Abs. V : Motivo de difícil identificación. Trompa

          o peonza cubierta por una especie de hoja.

Can. Abs. VI : Cabeza monstruosa parece salir de

            especie de raíces o entrelazos vegetales.

Can. Abs. VII : Monstruo Andrófago.

Can. Abs. VIII: Enmascarado.

Can. Abs. IX : Saltimbanqui.

Can. Abs. X : Tocador de cuerno.

Can. Abs. XI : Fruto con hoja.

 

 

 

Can. Abs. XII: Escena de coito.

Can. Abs. XIII: Escena de parto.

Can. Abs. XIV:Torso entre animal y humano.

Can. Abs. XV: Figura humana de pie sosteniendo

                un objeto esférico en la mano.

Can. Abs. XVI: Cabeza de animal cornudo.

Can. Abs. XVII: Ostentación del sexo femenino.

Can. Abs. XVIII: Ostentación del sexo masculino.

Can. Abs. XIX: Posible oso agarrado a un columpio.

Can. Abs. XX : Pareja desnuda y entrelazada.

Can. Abs. XXI : Ser monstruoso con la boca abierta.

 
 
 

 

Can. Abs. XXII : Tres barricas sobre una cabeza humana.

Can. Abs. XXIII : Animalístico. Cabeza y cuello de

              animal cornudo, posiblemente una cabra.

Can. Abs. XXIV : Escena quizás de lucha.

Can. Abs. XXV : Animalístico, liebre o conejo.

Can. Abs. XXVI : Personaje masculino sentado

                  muestra sobre su regazo una gran

                  máscara monstruosa.

Can. Abs. XXVII : Cabeza y cuello de cabra, posible

                  enmascarado.

Can. Abs. XXVIII: Cabeza de animal cornudo, posible

                  enmascarado.

Can. Abs. XXIX : Enmascarado.

 

 

 

 

Can. Abs. XXX: Composición juglaresca.

Can. Abs. XXXI: Bola o fruto, con hoja.

Can. Abs. XXXII: Saltimbanqui contorsionista.

Can. Abs. XXXIII: Figura humana desnuda en

              actitud onanista.

Can. Abs. XXXIV: Composición juglaresca.

 

 

 

 

Continuando la descripción iconográfica de la serie de canecillos que se encuentran ubicados en el alero del ábside, nos encontramos en primer lugar, en el Can. Abs. I, a un hombre llevando una barrica o tonelito a la espalda. Está sentado y parece ir desnudo. Cubre su cabeza con una especie de casquete que le llega hasta las orejas y calado hasta los ojos, pero que no parece el mismo con el que se cubren los monjes, ni tampoco lo es su fisonomía. Es barbado y de rasgos nada exagerados, solamente los ojos están más marcados. En actitud de descanso, reposa su mano izquierda sobre la rodilla mientras que la derecha descansa sobre su pecho. El tonel lo lleva ceñido a la espalda por medio de una serie de correas o tirantes que le pasan por debajo de los brazos. Toda la composición desborda naturalismo. En general su estado de conservación es muy bueno, lo que nos da idea de como sería la talla de los demás canecillos que hoy en día se encuentran demasiado erosionadas para poder apreciar no sólo la talla, sino también el detalle.

 

 

Seguido a éste encontramos a otro juglar tocando el arpa, es el Can. Abs. II. Sus rasgos siguen la tónica del anterior, siendo bastante naturalistas, es como si el maestro escultor lo hubiera captado en un momento de deleite, al escuchar el sonido que sale de su arpa, sólo el tamaño de las manos, demasiado exageradas en relación con las proporciones del resto de sus miembros, rompe esa armonía de proporciones. Va vestido con una especie de túnica que le llega hasta los pies y de largas mangas. Su pelo ensortijado le cae hasta las cejas, a manera de casquete, y parece ser barbado. Entre las piernas sujeta el instrumento sobre el que parece apoyar también su cabeza, y tañe sus cuerdas con esas grandes manos cargadas de expresión. Se encuentra también en bastante buen estado de conservación, lo que nos vuelve a dar una idea de como pudieron ser los restantes canecillos, tan deteriorados actualmente por la erosión. Estos nos hacen intuir que el maestro escultor de Cervatos conocía su oficio, y que en realidad, la falta de virtuosismo en su talla, más puede deberse a las inclemencias y el pasar del tiempo, que a la pericia de su maestro.

Su clasificación no ofrece lugar a dudas, no obstante creemos que es preciso hacer hincapié en diferenciarlo de esos otros clérigos juglares, perteneciendo éste a ese otro grupo de gentes que se ganaban la vida actuando de pueblo en pueblo, y que eran espectáculo obligado en muchas fiestas, incluso relacionadas con la liturgia.

 

 

En el Can. Abs. III se encuentra un hombre de espaldas bebiendo de una barrica. El naturalismo de los anteriores se ha perdido.

Nos encontramos ahora con un rostro de rasgos bastante pronunciados, en donde toda la concentración se pone en unos ojos desorbitados. El citado personaje parece que está sentado en el suelo y de espaldas al espectador, pero con la cabeza tan inclinada hacia atrás que puede vérsele completamente su rostro. Lleva la cabeza cubierta por esa especie de casquete que ahora, y quizás debido a su posición, le tapa las cejas llegándole hasta los ojos, pero que se diferencia perfectamente, por su forma, del gorro o tocado con que se cubren los monjes o clérigos, que no tiene nada que ver con éste. Coge con ambas manos, y por los extremos, el barril, a cuyo gollete cuadrado acerca la boca. Si poco más podemos decir de él, un resto curioso es una especie de cuello, cuya talla se esfuerza por imitar las puntillas, que le cae sobre los hombros, no pudiendo decir si forma parte de su tocado o correspondería a la prenda con la que cubriría su cuerpo.

 

 

El Can. Abs. IV nos muestra a un monje que levanta las piernas sujetándoselas con las manos, y enseña el trasero. En posición bastante forzada, contorsiona su cuerpo hasta tal punto que la punta de sus pies le tocan los dientes, que podemos observar a través de su gran boca abierta. No nos cabe duda de que nos encontramos ante un monje o clérigo, pues todavía se pueden observar restos de la talla de lo que sería el traje talar, y lleva ese gorro tan característico de éstos, calado hasta los ojos y cubriéndole las orejas. De rasgos muy marcados, muestra unos ojos como desorbitados y nariz puntiaguda y prominente.

Se ha clasificado como monje exhibicionista, pues parece como si en la parte inferior ostentara los genitales. No obstante, por la postura que tiene, difícilmente se le verían éstos, pues le quedarían tapados por el trasero. Por todo ello nos inclinamos a pensar que más bien pudiera ser la materia fecal, por lo que estaríamos ante un acto de defecación. Esto no es nuevo ni único de Cervatos. En la iglesia de San Quirce, en Burgos, en dos de las metopas de la portada occidental (primera y última), aparece un hombre totalmente desnudo en actitud de defecar. En la primera se puede ver la siguiente inscripción: "mala cago", y en la última sólo se lee: "io cago". Ambas inscripciones no dejan lugar a duda de lo que el artista está representando. Es una pena su estado de conservación, pues, si bien podemos percibir los amplios volúmenes que nos permiten una lectura global bastante aproximada, no así el detalle, sobre todo de esa parte inferior, que nos aclararía más fidedignamente la actitud en que se encuentra.

 

 

 

En el Can. Abs. VI nos encontramos con un motivo de difícil clasificación, de cabeza medio animal y cuerpo como cubierto por una especie de tallos vegetales. A continuación, otro monstruo andrófago es el representado en el Can. Abs. VII, pues se trata de una figura humana que acaba de salir de la boca de una fiera, mientras otra figura parece sostener entre sus manos la cabeza del andrófago.

 

 

 

Aunque se encuentra en bastante buen estado de conservación, sin percibir los detalles de la talla, es una composición complicada. Uno de los personajes cabalga sobre un ser monstruosa al que sólo se le ve su gran cabeza y le estira la boca hacia ambos lados por las comisuras de la misma, como queriendo ayudar a que el animal termine de vomitar al ser que lleva dentro. A través de la boca dentada del monstruo ha salido ya casi por completo otra figura humana que se lleva la mano derecha hacia la mejilla, mientras la izquierda reposa sobre el pecho. Parece desnudo y cubierta su cabeza con esa especie de casco o casquete que le llega hasta las cejas. Ojo derecho desmesuradamente abierto, con el izquierdo tapado y boca torcida por la actitud de su mano, tiene las piernas encogidas y parte de ellas todavía en las fauces del citado animal. Creemos, pues, que nos volvemos a encontrar ante lo que sería un "Monstruo Andrófago", aunque aquí esta composición, tan abundante en nuestra iconografía, se complique un tanto.

 

 

El Can. Abs. VIII se encuentra también en bastante buen estado de conservación, aunque parte de los detalles de su talla se hayan perdido, pero se conserva bastante bien el rostro y los amplios volúmenes de su cuerpo, lo que nos permite una lectura de la composición bastante acertada. Se trata ahora de un ser humano disfrazado con una gran máscara que parece tener cuernos.

Está de pie, y lleva en la mano derecha como una especie de estaca, semejante a la tradicional zumbadera o carraca, no obstante también podría ser cualquier otro instrumento del cual se sirviera en sus funciones, como esa especie de palo que iza en alto con la izquierda, y que muestra apoyado sobre el hombro. De boca desmesuradamente abierta, va desnudo aunque no se observan rasgos itifálicos, y encoge los brazos como si el artista lo hubiera querido captar en un momento de su desplazamiento. Se trataría, pues, de un "Enmascarado", de esos que salen con motivo de ciertas festividades relacionadas con el Año Nuevo, y mencionados por algunos Padres de la Iglesia en sus escritos.

 

 

 

 

De nuevo en el Can. Abs. IX vuelve a aparecernos otro saltimbanqui cabeza abajo y piernas al aire. Muy semejante en todo a los anteriormente descritos, muy fácil de clasificar, pues los datos que aporta no ofrecen lugar a dudas.

 

 

 

 

 

Un poco más complicada es la composición que encontramos a continuación en el Can. Abs. X, pues a primera vista parece representar a un personaje que, cruzando una pierna sobre otra, parece tocar un cuerno. Si nos fijamos atentamente, vemos que esta primera impresión pudiera ser falsa, tratándose en realidad de dos figuras entrelazadas, de las cuales una ha perdido la cabeza y la otra está sentada de perfil y rostro de frente, entrelazándose a la que le ofrece la cornucopia, al mismo tiempo que se sujeta la pierna con la mano. Sería por tanto una escena de acoplamiento, muy característica cuando el acto se realiza de pie, como podemos ver por la pierna que cae hacia abajo y apoya en el suelo.

 

No obstante, y aunque no sería de extrañar este tipo de escena, puesto que aparecen otras en donde el coito o acoplamiento es patente, sí nos fijamos lateralmente, vemos como en realidad se trata sólo de una figura en postura un tanto forzada, por lo que nos inclinamos por la primera impresión tenida al verla. Por todo ello podríamos incluirla dentro de ese grupo de "clérigos juglares", que aparecen desnudos tocando algún tipo de instrumento, pues la forma en como se cubre la cabeza así nos lo indica. Es una pena el estado de erosión en que se encuentra, pues ello complica su lectura.

 

 

Si bien el Can. Abs. XI nos muestra un fruto con hoja en el Can. Abs. XII se desarrolla otra escena de coito, muy parecida en todo a la del Can. Tej. P. S. V, pero aquí miran ambos hacia el espectador. Parece que la figura del primer plano es femenina, pues lleva la cabeza cubierta con la característica toca de las mujeres casadas. Está de espaldas con las piernas encogidas, y en un alarde de contorsionismo gira la cabeza de tal manera, que está mirando hacia el espectador. De la figura en segundo plano sólo se le ve la cabeza que asoma por detrás de la de su compañera. Permanece abrazado a ésta, pues podemos ver como apoya las manos en su espalda.

 Del resto sólo se puede intuir que se encuentra también con las piernas hacia arriba, siendo tapadas éstas por la otra figura. Lo más claro de todo es la penetración, pues con el pasar del tiempo se han perdido los detalles apreciándose más que nada los volúmenes. No obstante, se encuentra bastante bien conservada por lo que respecta a los amplios volúmenes y algún que otro detalle, lo que permite una acertada interpretación.

 

 

 

 

 

El Can. Abs. XIII parece una escena de parto, justamente en el momento en que la criatura acaba de salir del seno materno. La mujer se encuentra cabeza abajo y se lleva las manos a las mejillas. Tiene los ojos abiertos y sus facciones son de lo más naturalistas. Va desnuda y sólo en los pies se aprecian una especie de botines. Lo que puede interpretarse como el recién nacido sale de entre las piernas de ésta y, con las piernas encogidas, apoya los pies en el bajo vientre de la mujer. Por la diferencia de tamaño de los dos personajes, y comparándola con otras composiciones en que la relación sexual no deja lugar a dudas, nos inclinamos por clasificarla como "escena de parto", pues además se encuentra en bastante buen estado de conservación,, aunque por las características iconográficas que muestran ambas figuras nos parezca una composición un tanto extraña.

 

Ya en el Can. Abs. XIV nos aparece una figura entre animal y humana, pues ni el torso ni los rasgos de la cabeza se puede decir que pertenezcan a uno u otro. Tiene cuernos, pero tampoco éstos son de un animal concreto, parecen más bien artificiales, y por otra parte sus orejas son más bien humanas. Sin atrevernos a afirmarlo claramente, podría tratarse también de una máscara o cabezudo, que aludiera al citado animal, aunque el estar bastante desgastado por la erosión nos impide ver en él ciertas características iconográficas, que nos hacen dudar a la hora de su clasificación. En bastante mal estado de conservación se encuentra también el Can. Abs. XV, no obstante, y aunque no con todo detalle, puede apreciarse todavía a una figura humana de pie, con el brazo izquierdo flexionado hasta el hombro, y levantando hacia arriba el derecho en cuya mano se puede ver un objeto esférico, como si fuera una pelota. Nos es difícil clasificarlo dentro de nuestra iconografía, y tampoco la bibliografía consultada es muy explícita al respecto.

 

 

Sigue a la anterior, en el Can. Abs. XVI, una cabeza de animal cornudo, y de nuevo, en el Can. Abs. XVII, volvemos a encontrarnos con lo que hemos decidido denominar ostentación del sexo femenino, y ésta, lo mismo que todas, levanta las piernas hacia arriba y muestra su sexo. Se encuentra este canecillo muy desgastado por la erosión, sobre todo el rostro, cuyos rasgos prácticamente se han perdido. No obstante, conserva perfectamente la talla de sus órganos genitales que el maestro escultor ha enfatizado y cargado de gran realismo, características que, a pesar del estado de deterioro que muestran otras partes, éstas, por el contrario, han llegado perfectamente conservadas hasta nosotros.

Es por ello por lo que creemos que existen toda una serie de connotaciones, cuando se la observa dentro de un contexto determinado que no tiene nada que ver con el pecado, que nos dan pie para no ver en ella una actitud impúdica al mostrar al espectador su sexo, sino una clara ostentación de sus órganos genitales como principio de vida.

 

Como acompañando a esta mujer que ostenta su sexo, en el canecillo contiguo, Can. Abs. XVIII, nos encontramos con otra clara ostentación del sexo masculino. Este se encuentra sentando en actitud un tanto solemne, con la cabeza inclinada un poco hacia atrás y barbilla hacia arriba. Su mano izquierda reposa abierta sobre su pecho. Con la derecha no sabemos lo que hace, pues la pasa por debajo de la pierna permaneciendo oculta por ésta. No cabe duda que todo el énfasis de la representación está concentrada en el falo, pues éste, dejándose ver entre las piernas del personaje, alcanza unas proporciones tremendas en comparación con las distintas partes de la composición. El rostro se encuentra en un estado de erosión muy avanzado, no así las restantes partes del cuerpo que, aunque no el detalle, sí pueden percibirse globalmente. Por el lugar que ocupa al lado de esa mujer de piernas levantadas que muestra sus partes del cuerpo más íntimas, y por repetirse continuamente esta contigüidad, lo hemos incluido dentro de ese grupo que hemos denominado "ostentación del sexo masculino", para diferenciarlos de esos otros en clara actitud onanista, pero no al lado de la mujer que ostenta su sexo.

 

El Can. Abs. XIX parece en principio animalístico: un oso agarrado a un columpio. No obstante no podría precisarse con exactitud si realmente es un oso o un enmascarado disfrazado como tal. Parece tener rasgos itifálicos, y el cuerpo ser más bien de proporciones y formas humanas. La pérdida del detalle debido a la erosión, dificulta su clasificación. Creemos necesario apuntar, que bien pudiera ser también un saltimbanqui disfrazado, pues otras veces así nos aparece claramente.

 

 En el Can. Abs. XX nos encontramos una composición de dos figuras, en donde la del primer plano es indudablemente una mujer. Esta se encuentra cabeza abajo, desnuda, con los senos bien marcados y las piernas entreabiertas a través de las cuales asoma el rostro de otra figura que parece ser un hombre. Este da la sensación, en un principio, de encontrarse abrazado al cuerpo de la mujer, cogiéndola por encima del pecho. No obstante, si nos fijamos más detenidamente, esas manos, por la posición de los pulgares y de los brazos en si, parecen pertenecer más bien a la misma mujer. Poco se puede decir más de la figura del segundo plano, sólo que apoya la barbilla en el sexo de su compañera.

 Creemos que, por todo lo dicho anteriormente, una clasificación concreta es difícil, pues el canecillo se encuentra bastante erosionado, aunque todavía se puedan apreciar todos los volúmenes que nos permiten una descripción bastante precisa de la actitud en que se encuentran, a pesar de que sus miembros parezcan confundirse en ese entrelazo. No obstante, si tenemos en cuenta el contexto y la postura que muestran, pudiera ser que nos encontráramos ante el "cunilingus", no en el momento preciso del acto, pero sí nos lo estaría evocando.

A continuación vemos aparecer un ser monstruoso con la boca abierta, Can. Abs. XXI, no se ve bien si está de espaldas o de frente, pues si bien las extremidades inferiores flexionadas dan la primera impresión, las superiores y la cabeza, cuyo rostro mira hacia el espectador, nos están indicando todo lo contrario. Por otra parte también pudiera estar con las piernas levantadas hacia atrás y sujetándoselas con las manos. Es preciso hacer hincapié en que los rasgos de la cara son muy similares en todo a ciertos tipos de máscaras que presentan algunos enmascarados de la misma iglesia, y por ello nos hemos decidido a incluirlo en el contexto.

De nuevo en el Can. Abs. XXII vemos aparecer el mismo tema representado en el Can. S. XX, en el que una cabeza humana sostiene tres barricas o tonelitos. Le sigue el Can. Abs. XXIII de tema animalístico, posiblemente una cabra y el Can. Abs. XXIV en el que posiblemente podemos contemplar una escena de lucha. Si bien las escenas de lucha, dentro de este contexto, no son características en Cervatos, no obstante las veremos aparecer en los capiteles absidales interiores de la Iglesia de los Santos Facundo y Primitivo de Silió. A priori creemos que bien pudieran estar relacionadas con el contexto, aunque en un primer momento no jueguen un papel determinante, y por ello, aquí en Cervatos, sólo aparezca diluida en el conjunto, pues en muchas fiestas populares, además de enmascarados, comparsas juglarescas, etc., era normal que se celebraran toda una serie de luchas, más o menos rituales, con un significado preciso en cada época. A esto pudiera estar aludiendo quizás este canecillo en el que aparecen dos figuras, una de ellas, con bastón o maza, parece vencer a otra que está caída. Otra escena semejante, pero ahora entre animales afrontados, es la que nos presenta el segundo capitel de columna del ábside (Cap. Col. Abs. II). Es ésta una escena de dos animales afrontados que parecen luchar, en el extremo, como observándolos, se encuentran unas figurillas humanas de pie.

 

 

 

 

Siguiendo con la secuencia de canecillos, el Can. Abs. XXV vuelve a ser animalístico, liebre o conejo, mientras que el Can. Abs. XXVI se trata de nuevo de otro enmascarado, pero con una variante, ya que en lugar de llevar la máscara puesta, parece que está descansando, sosteniendo ésta entre las manos. Es éste un personaje masculino sentado, al parecer va vestido, pues todavía puede apreciarse la manga del vestido o túnica que llevaría puesta. Muestra sobre su regazo una gran máscara monstruosa que sostiene por ambos extremos de la boca. Esta es semejante a otras que aparecen en otros canecillos de la misma iglesia.

 

 

El Can. Abs. XXVII se encuentra bastante desgastado por la erosión, pero se pueden apreciar todavía todas sus formas y volúmenes. Se representa en él una cabeza de animal cornudo, muy semejante al Can. Abs. XVI y éstos podían corresponder por sus características a ciertos tipos de enmascarados. Es preciso recordar, a la hora de analizarlos más en profundidad, los textos de la época que nos hablan de ciertos disfraces muy característicos que salían con motivo de determinadas fiestas, pues éstos no se cansan de mencionar estos disfraces de "cervulos" o "vitula".

 

 

De nuevo otro enmascarado es el que nos aparece en los Cans. Abs. XXVIII y XXIX, pues presentan una figura humana sedente, vestida y con máscara, que sostiene entre sus manos, y sobre su regazo lo que en su día fue una cabeza humana actualmente muy deteriorada. Esta iconografía del enmascarado se vuelve a repetir en parte en el canecillo contiguo, pues, si nos fijamos atentamente en la composición que aparece en el Can. Abs. XXX, vemos como nos recuerda en todo al Can. Tej. P. S. VIII, por lo tanto creemos que se trata de un ser disfrazado, con careta más bien monstruosa, pero ahora tiene cogido por el trasero a otra figura desnuda y flexionada. Por la semejanza con otros canecillos estaríamos ante una "escena juglaresca".

 

 

 

Emparentado con el anterior estaría el Saltimbanqui contorsionista del Can. Abs. XXXII. Éste, de pie y vestido con una especie de calzones, dobla su cuerpo hacia atrás hasta lograr asomar su rostro entre sus propias piernas, al mismo tiempo que con las manos se coge las pantorrillas.

 

 

 

El Can. Abs. XXXIII nos presenta una figura humana desnuda y de facciones simiescas, muy semejante en todo al Can. S. XIII, Can. S. XV y Can. Tej. P. S. IX. En este caso se ve claramente que es su boca y no un vaso lo que le da esa apariencia, se lleva la mano izquierda a ésta y con la derecha está en actitud onanista.

 Con el Can. Abs. XXXIV se termina la serie de canecillos ubicados en el alero del ábside. Éste vuelve a mostrarnos lo que a primera vista parece otra escena juglaresca, pues se trata ahora de unas figuras entremezcladas. La que está sentada parece tener los mismos rasgos que la anterior, luego, tapando casi por completo su cuerpo aparece lo que posiblemente es otra figura que se contorsiona, mostrando solamente al espectador su trasero.

 

 

 CANECILLOS DEL MURO NORTE

 

En esta parte de la iglesia comienza una nueva serie de canecillos que sostienen el alero del muro norte. Son en total veinticuatro, pero en realidad pocos son los figurativos que nos quedan en esta parte, pues toda ella fue la más azotada por las inclemencias del tiempo a través de las distintas épocas. Por los restos que apreciamos, se puede decir que siguen la tónica general en cuanto a su iconografía y que su temática está emparentada con los del muro sur, predominando, no obstante, las escenas de contorsionistas o saltimbanquis. De izquierda a derecha tenemos:

 

 

Can. N. I: ¿Animalístico?.

Can. N. II: Liso en caveto.

Can. N. III: Contorsionista.

Can. N. IV: En caveto.

Can. N. V: Animalístico, cabeza de oso o cerdo.

Can. N. VI: Geométrico.

Can. N. VII: Molduras en forma curva.

Can. N. VIII: Geométrico.

Can. N. IX: Animalístico, liebre y lechuza?.

Can. N. X: Animalístico.

Can. N. XI: Geométrico, en caveto.

 

Can. N. XII: Personaje o mono agarrado de un columpio.

Can. N. XIII: ¿Enmascarado?.

Can. N. XIV : En caveto.

Can. N. XV : Cabeza de cabra.

Can. N. XVI : Geométrico.

Can. N. XVII : Volutas.

Can. N. XVIII : Desaparecido.

 

 

 

Can. N. XIX : ¿Composición juglaresca?. ¿Embarazada?

Can. N. XX : Animalístico, animal cornudo.

Can. N. XXI : En caveto.

 

 

 

 

Can. N. XXII : ¿Mono agarrado a un columpio?.

Can. N. XXIII : Moldura curva.

Can. N. XXIV : Tres rollos o toneles horizontales.

 
 
 
 
 
 
 

 

 

 

 

La riqueza iconográfica de San Pedro de Cervatos se continua así mismo por toda la serie de capiteles exteriores de las ventanas. De esta manera vemos como la Vent. O. I presenta en su capitel izquierdo un motivo de águila con las alas explayadas, y en el derecho los típicos leones afrontados tan característicos de uno de los capiteles torales, y que continuamente vamos a ver aparecer en estas iglesias que no traspasan las fronteras de la primera mitad del S. XII, por lo que creemos que es importantísimo dentro del estudio que nos ocupa, y cargado de implicaciones, como después tendremos oportunidad de ver más detenidamente.

 

 

 Aparte de ésta, y por lo que respecta al cuerpo de la iglesia, tenemos otras cinco, dos en la fachada sur, y tres en el ábside; excluyendo las de la torre campanario, que no incluimos por ser ya ésta de finales del S. XII.

 

 

 

 

 

En el muro Sur, el Cap. Izdo. Vent. S. I muestra a un hombre sentado que se lleva las manos a la cabeza, mientras ostenta entre sus piernas los órganos genitales. Es una pena que se encuentre tan desgastado por la erosión y destrozado, hoy en día, el miembro viril. No obstante, al poder apreciarlo en todas sus formas y volúmenes, podemos ver como está ín