II.1. 6 El Monstruo Andrófago

 

Es ésta otra de las representaciones muy significativas, y que nunca falta, asociada a esta iconografía. Nos referimos aquí a esas representaciones que tienen como motivo principal a un animal, sea claramente identificable o de forma monstruosa, en actitud de devorar a un ser humano. En su iconografía, aunque existen variaciones, en lo esencial, todos vienen a representar lo mismo, no observándose en ellos ningún gesto de lucha o sufrimiento, más que nada parecen encontrarse en posición ritual.  

Esta iconografía es la que nos ofrece el canecillo nº XI del alero de la fachada sur de San Pedro de Cervatos. El personaje de espaldas parece tener flexionadas las piernas e ir cubierto de medio cuerpo para abajo con una especie de calzones o faldellín, aunque eso no impide que muestre el falo entre las piernas separadas. Éste levanta los brazos, estirados hacia arriba, enmarcando la cara del monstruo que cierra las fauces en torno a su cuello.

 

El rostro del animal, difícilmente identificable, es de forma triangular y parece llevar algo sobre la cabeza que no se puede identificar con exactitud, pero cuyos volúmenes se diferencian perfectamente de la moldura superior del canecillo. Aunque el rostro del animal se encuentre en un estado de erosión bastante avanzado, lo que nos impide determinar de que animal se trata, no obstante, todos los demás datos de la composición permiten una clasificación fuera de dudas.

Su interpretación suele variar según el contexto en que se incluya, siendo considerado una veces como "Leviatán", otras como "animal psicopompo", y otras como "símbolo de resurrección" a través de la muerte iniciática, pero lo que nadie duda es en denominarlo "Monstruo Andrófago". 

  

 

También en San Pedro de Cervatos, pero ahora en el ábside, nos encontramos con otra de estas representaciones, pero aquí se complica más la composición.

 

 

 

  

En el canecillo nº VII del ábside, una figura humana parece salir de la boca de una fiera, mientras otro personaje sostiene entre sus manos la cabeza del andrófago, y le estira la boca hacia ambos lados por las comisuras de la boca, como queriendo ayudar a que el animal termine de vomitar al ser que lleva dentro, y que parece acabar de salir ya casi por completo. Éste, desnudo, con las piernas encogidas, como en posición fetal, y parte de ellas todavía en las fauces del citado animal, se lleva la mano derecha hacia la mejilla, mientras la izquierda reposa sobre el pecho.

 

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Vemos, pues, salvo las diferencias iconográficas, que representan un tipo de iconografía muy común dentro de estas iglesias, y que nos mete de lleno dentro de una serie de ambigüedades que pasamos a exponer:

1º A simple vista es la representación de un animal o ser monstruoso, normalmente difícil de identificar, que engulle a un ser humano. Por sus rasgos nos inclinamos a pensar que los animales andrófagos representados están aludiendo a un lobo, león u oso.

2º Por sus rasgos es muy difícil saber, si se trata de un animal real o de una máscara.

3º Aunque algunas veces parece tratarse de animales monstruosos, podemos percibir en ellos características humanas, lo que nos da pie para afirmar que, esos concretamente, podrían ser seres humanos disfrazados de forma monstruosa o de algún animal concreto.

4º En su conjunto es algunas veces una imagen ambivalente, pues no podemos afirmar si ese ser fantástico engulle o vomita. Si ese ser humano es devorado y privado de la vida, o si es parido de nuevo y está saliendo a la luz.

5º En contra de lo que cabría esperar, ninguna de esas representaciones parece infundir el menor temor, no presentan signos de terror o miedo. Están tratadas como una más dentro de este sistema de imágenes, como pueda estarlo el juglar, saltimbanqui o enmascarado, y en algunas de ellas más parece que asistamos a un acto ritual que terrorífico.

Por lo que respecta a las fuentes, los textos bíblicos aluden algunas veces a estos tipos de animales devoradores y destructores. Entre ellos podemos citar la visión de Daniel (7,1-7). También los Salmos hablan muchas veces de ellos en este mismo sentido, y en una carta de San Pedro nos encontramos como muestra su aspecto satánico.[Nota 1]  Es preciso recordar también a "Leviatán", nombrado por las Biblia, apareciendo a veces como el infierno concebido como ser vivo en cuyo vientre se encuentran los condenados.[Nota 2] 

Iconográficamente, con este sentido destructor y de castigo lo podemos ver en el Beato de Gerona, en donde un ser monstruoso de cuerpo alargado y dos patas acabadas en garras, con dos cabezas iguales en la parte anterior y posterior, aparece como devorando a dos condenados.[Nota 3]  También en el infierno musulmán se encuentra un monstruo de varias cabezas y bocas, cuya función es la de devorar a distintos tipos de pecadores.[Nota 4] 

No obstante, tanto en unos casos como en los otros, la asociación de estos monstruos devoradores a los infiernos es clara, pero en nuestro contexto nada nos introduce en ese mundo infernal, muy por el contrario el ambiente que se respira es otro. Nuestras representaciones más bien podrían estar en la línea de otro de esos monstruos de los que nos hablan las fuentes bíblicas. Nos referimos aquí al pasaje de Jonás y la ballena, en el que podemos encontrar todo un mensaje de resurrección y renovación a través de la muerte simbólica (Jonás, 2.), cuyo pasaje utilizó Jesucristo para explicar el misterio de su muerte y posterior resurrección.

En la Biblia de Roda vemos perfectamente ilustrado este mensaje de resurrección y renovación a través de la muerte simbólica, del que nos habla el pasaje de Jonás, pues en la ilustración no sólo vemos el episodio en el que un tremendo pez se apodera de él, sino que a continuación aparece el citado animal en el momento que expulsa el cuerpo de éste.[Nota 5] 

Pero así como en otros ejemplos se representa claramente el pasaje de Jonás, sobre todo en aquellas iglesias en que los pasajes del Antiguo y Nuevo Testamento son claros, en las iglesias en las que hemos centrado nuestro estudio, este pasaje bíblico nunca aparece, sin embargo en ninguna de ellas suele faltar el animal andrófago tipo león, lobo, oso, o ser monstruoso. Es por ello por lo que nos vemos en la necesidad de ir a buscar el origen de estas representaciones en otras fuentes.

Iconográficamente, el ejemplo más antiguo que pudimos encontrar se remonta al S. III A. de C.; se trata del monstruo de Noves (Bouches-du-Rhône, Francia). Es éste una figura monstruosa de enormes garras que sujetan dos cabezas cortadas. De su boca sale parte de un miembro humano a medio comer. Se ha querido ver en él la representación del dios Crom Cruach, el Encorbado del Monte, en los sangrientos ritos de la antigua Irlanda.[Nota 6]  Pero es precisamente en la mitología narrada en las Eddas, en donde podemos encontrarnos esta tipología monstruosa. Es Fenfir, el lobo devorador de Wotan.

En la antigua religión de los godos, el lobo desempeñaba un papel capital. En las Eddas es Fenfir el lobo cósmico, portador de grandes maxilares abiertos con los que toca la Tierra y el Cielo, y que juega un importante papel en el Apocalipsis de los "ases".[Nota 7] 

Se ha querido ver en el relato de las Eddas toda una filosofía que nos está hablando del eterno retorno, y es precisamente en ella, en la que Fenfir, lobo devorador y por tanto destructor, causante del mal y de la destrucción, cobra un sentido completamente distinto, convirtiéndose en el símbolo de la muerte que permite un nuevo renacimiento:

"... Wotan puede morir, pero no el "logos", cuyos poderes poseía. Este "logos" eterno engendrará un nuevo Wotan, diferente del primero en su forma, ya que corresponderá a un nuevo ciclo, pero idéntico en su esencia. Dar muerte al viejo Dios supremo, pero sólo para permitir su metamorfosis: tal es el papel del lobo Fenfir." [Nota 8] 

 Posteriormente vemos como éste pasa a la iconografía románica que, aunque convertido muchas veces en león, no por ello deja de verse al lobo andrófago, como podemos apreciar en uno de los capiteles de Rozier-Côtes d’Aurec en el Loire, pero no con un sentido sólo destructor, sino que nos lo encontramos muchas veces con ese otro de muerte simbólica para renacer a una nueva vida, ya que cuando aparece de cuerpo entero, como aquí, con su cola rematada en una hoja, normalmente de lis, es símbolo de muerte y renacimiento a la vida divina.[Nota 9] 

Aunque sin presentar una iconografía de carácter andrófago, se ha querido ver también a este animal en el manuscrito historiado del Apocalipsis de San Amand, donde se cree reconocerlo en el centro de la cruz de los cielos, representado aquí para ilustrar el pasaje de San Juan, en el que los viejos cielos y la vieja tierra ceden su lugar a los nuevos cielos y a la nueva tierra, constituyendo así un magnífico ejemplo de reminiscencia y de reinterpretación de las Eddas.[Nota 10] 

Para Manuel Guerra, los animales andrófagos como el león, el lobo, o cualquier ser monstruoso devorador, son distintas formas de un mismo mitologema, el del animal que devora y al mismo tiempo confiere una virtualidad peculiar al hombre desaparecido en sus entrañas, capacitándolo al mismo tiempo para reaparecer en una nueva vida. Es también para él, el animal psicopompo de la tradición celta.[Nota 11] 

En la misma línea es considerado el monstruo andrófago por Champeaux y Stercks, dependiendo del tema imaginario del engullidor, y estando en la misma cadena de símbolos que el útero que concibe y da a luz.[Nota 12]  Para los citados autores, es por ello por lo que muchas veces vemos nacer a los dioses o a los hombres renovados en las fauces de uno de esos monstruos benéficos. Así lo tenemos en Bagés (Barcelona), en el que un pequeño viene al mundo entre los brazos maternales de un gran monstruo de doble cuerpo. En Besalú (Gerona), a ambos lados de la ventana de la fachada sur, se encuentra el mismo tema. A la izquierda se quiere ver a un hombrecillo que resucita de entre las patas del animal, mientras que en el de la derecha se encuentra el momento precedente al anterior, en el que el animal, causándole la muerte, va a hacerle franquear el paso inaccesible a los vivientes.[Nota 13] 

En otro capitel catalán de Sant Benat de Bagés vemos también el motivo de un hombre entre dos leones que lo agarran con sus garras por el cuello, mientras él clava un puñal en los cuartos traseros del león que se encuentra a su derecha. Con respecto a este capitel es de reseñar el paralelismo que Raúl Ruiz nos hace entre esta iconografía y unas estelas encontradas en la localidad tarraconense de Tivissa, a las que se han denominado por ello: "Poema de Tivis", y que de ser así, nos demostrarían que en el mundo de nuestra primitiva Iberia aparece ya el león como símbolo de muerte y triunfo al mismo tiempo tras la lucha con el héroe, pues al comparar la iconografía de este capitel, y de otros similares, con parte del texto de la estela VI, vemos como las analogías son palpables:

"Ya solo quedan dos leones que lo acechan,

dando vueltas alrededor de Tivis,

a la espera de que sus fuerzas se debiliten. Tivis sabe que

en un instante será el triunfo y será la muerte.

Una repentina lluvia de garras cae sobre el cuello de Tivis.

A duras penas, exhausto, hinca su cuchillo en un león.

Ruge éste, herido de muerte, y Tivis expira.

El otro león, el último, se humilla y rinde tributo."[Nota 14] 

 Ya en la estela VII, Tivis, con la rama dorada en su mano derecha, baja a los cielos inferiores, y al final del poema nos encontramos con unos versos muy significativos, en donde el mensaje de resurrección es claro, así como también podríamos intuir atisbos del tema del eterno retorno.

"Es más dios quien muere y renace que el inmortal (...)

Siete veces dios quien consigue divinidad

desde la parca vida de los hombres,

Y tú, desde (...)

tarde o temprano, al amanecer o al ocaso,

volverás (...)

No otro es tu destino, Tivis (...), no otro (...)

el que había de volver, el que volvió, el que volverá."[Nota 15] 

 Por otra parte, no se puede negar que toda una serie de estos animales, reconocibles o no, son recogidos también en las miniaturas y en la plástica escultórica de los S. XI-XII[Nota 16]  con un aspecto negativo evidente. No obstante, también nos encontramos con que , no sólo son recogidos en los cuentos populares, en donde aparecen estos tipos de animales devoradores que aluden a la esperanza de la resurrección de la carne, sino también que toda serie de leyendas y mitos, así como determinadas costumbres festivas populares, aluden a éstos en el mismo sentido.[Nota 17] 

Por lo que respecta a otro de estos animales, en este caso al oso, goza en Francia de gran popularidad. En muchas leyendas y mitos se marca el día preciso del año de su deshibernación. Incluso se tiene como origen de algunos grandes linajes de origen gótico (los condes de Toulouse), y reemplaza a cualquier otro animal salvaje, incluso al lobo.[Nota 18]  Una de las características que le da una peculiaridad especial, es el pasar el invierno en estado de hibernación, siendo precisamente ese despertar, al principio de la primavera, el que anuncia un nuevo resurgir. La palabra clave de las leyendas y creencias que le conciernen, es la de "renacimiento", él retorna periódicamente, y con este carácter se han querido ver ciertos detalles de una de las miniaturas que ilustran la vida de San Amand, manuscrito del S. XII.

El pasaje trata precisamente del momento en que el santo se dirige a Roma en compañía de otros dos, y su asno es devorado por un oso que acaba de despertar de su largo sueño invernal, lo que hace que el oso ocupe el lugar del asno por requerimiento del mismo santo. En la lámina miniada podemos observar como los bastones de los tres personajes terminan en una llama a manera de tres grandes cirios, en los que se ha querido ver la evocación de los cirios de la Candelaria, fecha que, por tradición en muchas leyendas populares, es el momento en que el oso despierta de su letargo. Por otra parte nos encontramos ya al oso sometido bajo la alforja, por cuya forma, muy semejante a la de una vejiga, conferiría al citado animal un carácter psicopompo.[Nota 19]

Con el mismo carácter aparece en toda otra serie de leyendas y costumbres, viéndolo como entra con todo un cortejo en las casas, y cura de la epilepsia a aquellos hombres que la padecen. Otras veces las mujeres campesinas lo introducen en las habitaciones de sus hijos, para que los muchachos lo cabalguen por unos momentos asidos a su vellón, a fin de que en adelante no tengan más miedo al lobo ni a la muerte.[Nota 20] 

No obstante, también se ha querido ver en él el aspecto opuesto. San Agustín lo había equiparado ya al demonio en su sermón CLXXIX, pues David, al luchar contra los osos, estaría encarnando la figura de Cristo, mientras estos simbolizarían el espíritu del mal, Satán. En relación con este texto se ha querido interpretar uno de los relieves románicos de la catedral de Hildeshein, en donde aparece un oso detrás de la figura de Pilatos, como susurrándole algo al oído. Se dice que el oso le susurra a Pilatos diabólicas sugestiones.[Nota 21]  Esto da pie para que algunos afirmen que se estaría representando la historia del pecado y de la resurrección. En realidad no sabemos lo que le dice, por lo que no tenemos motivos para hacer tal afirmación. No obstante lo vemos tomar parte en una escena determinante de la vida de Cristo, en el momento en que Cristo puede ser salvado de la muerte o privado de la vida, es un momento crucial y decisivo para todo el género humano, pues si no se produce la muerte, no puede producirse la resurrección.

Así tenemos que, para que se cumplan las Sagradas Escrituras, es preciso que Cristo muera para poder resucitar después, lo mismo que el oso hace periódicamente cada año, duerme presa de un profundo letargo, para de nuevo volver a resurgir anunciando un nuevo tiempo. La muerte de Cristo es imprescindible, es preciso que muera para poder resucitar, otorgando así a los hombres la esperanza de la resurrección. Mensaje similar podemos deducirlo del Cristo crucificado románico, ni siente ni padece, es todo un mensaje de salvación a través de la muerte, Cristo muere en la cruz para asegurar la salvación a todo el género humano, y por ello a través de la muerte todos resucitarán con Cristo en una nueva vida. La imagen de Cristo en esos momentos está hablándonos de muerte y resurrección, es ambivalente, lo mismo que la del oso en la mayoría de sus apariciones.

Aunque con un sentido negativo sea también normalmente contemplado en la plástica posterior, símbolo de pecados y de vicios,[Nota 22]  el contexto es completamente diferente, y por lo tanto también su simbolismo. Teólogos y simbolistas insisten aún en el lugar que ha de dársele en la iconografía medieval. ¿Satán?. ¿Cristo?. No obstante, ¿la madre osa no resucita a sus pequeños que nacen como muertos?. Por otro lado duerme y su hibernación puede terminarse en Pascua, lo que le confiere un aspecto crístico.[Nota 23] 

Por lo que respecta a este animal y al rol que desempeña, es un personaje a tener también en consideración, por lo que concierne a nuestra plástica y tradiciones de nuestro ámbito geográfico.

En cuanto a la plástica,[Nota 24]  veíamos como estaba representado sin lugar a dudas, y como animal andrófago, en uno de los canecillos que primitivamente se encontraban en el alero sur de la iglesia de Santillana del Mar, y por lo demás, toda una serie de tradiciones cántabras nos atestiguan la importancia que tuvo el citado animal en relación con ciertas festividades que se celebraban con motivo de la entrada del nuevo año. Ya tuvimos ocasión de mencionar una fiesta ritual,[Nota 25]  que se celebraba en algunos valles de Cantabria (conservándose en los de Iguña, Toranzo y Anievas, e incluso tradiciones emparentadas con ella en Campoo), con motivo del Año Nuevo. Era ésta la de la de la "Viejenera", o "Vijenera". Se quiere ver en ella una mascarada, y lucha ritual de hombres, de alto contenido simbólico.[Nota 26] 

 

Esta tiene un ciclo de duración bastante largo, pues, comenzando con el Año Nuevo, se prolonga hasta fines de febrero. Entre todos los componentes obligados que participan en la fiesta, se encuentra la figura del oso. Este tiene una determinada función: "la devoración", pero si en un principio pudiera parecernos cargada de un significado destructor, existen toda una serie de datos por lo que esta imagen se vuelve ambivalente.

En primer lugar no sabemos como hubiera podido ser su papel en un principio, sólo lo conocemos a través del folklore posterior, pero un dato muy significativo es que, en las mascaradas suletinas, muy emparentadas con esta fiesta en cuanto a ciertos personajes y funciones, el oso forma parte de la mascarada roja, grupo que se caracteriza por reinar en él la armonía y el orden, se podría decir que compone el grupo de los buenos, en contraposición a la mascarada negra que constituiría el de los malos.[Nota 27] 

Así pues, la figura del oso, como componente del primer grupo, encarnaría el papel de un espíritu benefactor, a pesar de su función a primera vista destructora.

 Otro dato importante reside en la significación de la fiesta en sí. Con el Año Nuevo un ciclo muere pero a su vez otro comienza. Estamos pues en un momento de resurgimiento, todo renace. El Año Nuevo significaría el cambio, y con él la esperanza, pero también la incertidumbre, es por ello por lo que el hombre necesita propiciar su continuidad a través de toda serie de rituales que garanticen ésta.

Es por ello también, por lo que tenemos toda una serie de funciones como el golpear a las mujeres para así propiciar la fecundidad de éstas; se protege el territorio propio, afirmándolo ante sus vecinos; se ahuyentan los malos espíritus con ruidos ensordecedores; y siempre aparece encarnada la figura de algún animal, que varía según las regiones.[Nota 28]  El susodicho animal es aquí el oso, animal que, como ya apuntamos, aparece en muchas tradiciones francesas encarnando el espíritu de la resurrección y el comienzo de una nueva etapa, debido a su hibernación periódica y deshibernación posterior, justamente por estas mismas fechas.

Es curioso ver también el simbolismo que tiene en la alquimia. En ella corresponde al "nigredo" de la primera materia, por lo que concierne a todas las etapas iniciales, pero por ello también a lo instintivo.[Nota 29]  Todo apunta, pues, a que nos encontramos en nuestra plástica ante una imagen ambivalente, que encarnaría la imagen de un espíritu destructor y regenerador al mismo tiempo: "devora y al mismo tiempo confiere una virtualidad peculiar al hombre desaparecido en sus entrañas, capacitándolo al mismo tiempo para reaparecer en una nueva vida".

En cuanto a la figura del león, es también una imagen ambivalente. Se ha querido ver en él la imagen de Cristo algunas veces, y otras la del diablo. Nos encontramos pues en él, e indistintamente según el contexto, con los dos principios: el del bien y el del mal. Los textos cristianos lo citan a menudo, lo encontramos en la Biblia, los Santos Padres, los Bestiarios, y en las leyendas de los santos. Con frecuencia es tema en la iconografía medieval, en donde nos aparece generalmente asociado a otros elementos que le confieren, y a los que confiere, distintos simbolismos.[Nota 30] 

Ya anteriormente, con un sentido funerario llega a su apogeo en el simbolismo de los ritos referentes a la muerte entre los romanos, y con este mismo sentido creemos encontrarlo en los que Beigbeder llama: "leones enterradores". Los encontramos enterrando a ascetas y santos, como son San Antonio de la Tebaida o Santa María Egipciaca. Para el citado autor es normal que estos animales solares, símbolos de la resurrección, fueran los encargados de tal menester por lo que respecta a estos personajes excepcionales, merecedores, por su vida ejemplar, de tal don. Se encuentra este tema representado en Vézelay, en donde aparecen dando sepultura a San Pablo el Ermitaño, repitiéndose igualmente en Beaune.[Nota 31] 

Es curioso verlos aparecer también en los salmos que se recitaban en el oficio de la Misa de difuntos, pero ellos hacen del león la imagen del pecado y de la muerte que engulle al hombre,[Nota 32]  sin embargo, son mucho más abundantes aquellos textos que hacen de él el símbolo de la resurrección y de la vida renovada.

Con respecto a esto, vemos como el cristianismo ha querido ver en el león el símbolo de una de las etapas importantes de la vida de Cristo en relación con el mismo tema de la resurrección.[Nota 33]  La base de tal afirmación la constituyen los textos del Bestiario y diversas tradiciones antiguas. Algunos Santos Padres como San Ilario y San Agustín, siguiendo a Plutarco, afirmaban que el león dormía con los ojos abiertos, y los cachorros de éste nacían del mismo modo con ellos abiertos. Es esto lo que le confiere ese carácter de simbolizar a Cristo en el sepulcro: "porque sus ojos abiertos son señal de su divinidad, mientras su muerte atestigua en sí misma su humanidad." [Nota 34]  Podríamos ver también en ello la idea de la muerte simbólica, pues Cristo en el sepulcro, después de la muerte, aún vive, permaneciendo así, durante tres días más, en este mismo estado.

Emparentada con esta idea podría estar también el simbolismo solar del león, con el que está íntimamente ligado. El sol muere cada tarde desapareciendo por el Oeste, recorre entonces un trayecto subterráneo para aparecer de nuevo, al día siguiente, con nueva fuerza y resplandeciente por el Este. Siendo inmortal, puede conocer la muerte sin morir.[Nota 35]  Con este sentido, sol y símbolo de la resurrección, signo de la vida renovada, podemos verlo en un capitel de Saint-Vicent de Chalon y en la fachada de Poitiers.[Nota 36] 

Asociado a esta idea de renovación, aunque iconográficamente no nos muestre al león andrófago, se ha querido ver el tema de la caza del león en verano, y la del oso o de la gacela en invierno, pues según Beigbeder, el fin es: "...mostrar el juego de los grandes ritmos naturales que insertan al hombre en un continuo volver a empezar...". El mismo autor encuentra un ejemplo muy claro, en este sentido, en la iconografía del sarcófago de Déols.[Nota 37] 

Son numerosos autores, desde Orígenes hasta San Isidoro de Sevilla, los que hicieron de él un verdadero símbolo de la resurrección. Cuenta la fábula que los cachorros al nacer, lo hacían muertos, pero su padre, soplándoles en la boca, los reanimaba a la vida. Según San Agustín, aunque la narración careciera de fundamento, poco importaba la exactitud del hecho, lo verdaderamente importante era la moraleja que de ella podía sacarse.[Nota 38] 

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Después de lo dicho, sus analogías con Fenfir, el lobo devorador de Wotan, son palpables, pudiendo de nuevo afirmar que son dos imágenes de un mismo mitologema.

Es por todo lo expuesto hasta aquí, por lo que nos inclinamos a pensar que estas representaciones de nuestro ámbito geográfico en las que aparece iconográficamente el andrófago, sea lobo, león u oso, o representación monstruosa, estarían encarnando la imagen de ese espíritu destructor y regenerador al mismo tiempo, símbolo principal en un momento decisivo: "El Año Nuevo". Con el Año Nuevo un ciclo muere pero a su vez otro comienza. Estamos pues en un momento de resurgimiento en el cual todo renace. Es con motivo de esta fecha, cuando el hombre necesita propiciar su continuidad a través de toda serie de rituales que garanticen ésta. Todo apunta, pues, a que nos encontramos en nuestra plática ante una imagen ambivalente que encarnaría las imagen de ese espíritu destructor y regenerador al mismo tiempo, devora y al mismo tiempo confiere una virtualidad peculiar al hombre desaparecido en sus entrañas, capacitándolo para reaparecer en una nueva vida, en un nuevo ciclo, tras haber pasado por la gran prueba del retorno al vientre o útero del monstruo que le proporcionará un nuevo renacer.

Por otro lado, es bien conocido el simbolismo de toda una serie de rituales que implican el "regressus ad uterum". El fin primordial de ellos es hacer que el neófito se transforme en embrión para hacerle renacer a una nueva vida. Supondría como un nuevo nacimiento.[Nota 39]  Son varios los métodos llevados a cabo, pero entre ellos se puede contar éste que nos ocupa, es decir, la devoración simbólica por un monstruo. Existen por otra parte toda una serie de leyendas que nos lo atestiguan, y nos relatan este tipo de acontecimiento en donde el héroe es devorado por un animal para salir después victorioso y participe de un nuevo modo de ser. Para Mircea Eliade, todos estos rituales llevan implícito un retorno a la matriz, y los que participan en ellos tienen bien entendido un modelo mítico. Pero todos estos mitos y ritos evidencian que el "retorno al origen" prepara un nuevo nacimiento. No obstante, no se trata del nacimiento físico, sino de un renacimiento místico de orden espiritual, se podría decir que supone el: "acceso a un modo nuevo de existencia".[Nota 40] 

A su vez, este ritual simbólico lleva implícita una idea fundamental, y es que, para acceder a este nuevo modo superior de existencia, es preciso repetir la gestación y el nacimiento de una manera ritual, es decir, simbólicamente. Se trata de acciones que están orientadas: "hacia valores del Espíritu y no a comportamientos referentes a la actividad psicofisiológica".[Nota 41]  Para el citado autor, todos los ritos y mitos del "retorno al origen" tienen un mismo simbolismo, no obstante es preciso tener en cuenta el contexto en donde se producen, pues es la intención revelada por el contexto la que nos da su verdadera significación en cada caso particular.[Nota 42] 

Si nos atenemos al contexto en donde surge esta temática del monstruo devorador, por lo que respecta a las iglesias de nuestro ámbito cronológico y geográfico, vemos como está acompañado de toda una serie de representaciones que aluden a gentes disfrazadas, de forma monstruosa, con motivo de alguna fiesta religiosa de tradición pagana, más concretamente, en momentos anteriores, con las Calendas de Enero. Por San Isidoro sabíamos que durante las Calendas de Enero la gentilidad honraba a Jano como a un dios, y le brindaban honores religiosos y fiestas suntuosas, por lo que la Iglesia se ve en la obligación de instituir el ayuno de las Calendas en este mismo mes.[Nota 43] 

Habíamos visto también como la Iglesia, al no poder marginar la tradicional costumbre de esta celebración, trasladaba el comienzo del año de Marzo a Enero, fecha que también elige para celebrar la Natividad del Señor, y fecha primordial para el cristiano que celebra así, cíclicamente, la venida del nuevo Salvador, haciéndolo en muchas partes de una manera muy similar a como lo habían hecho sus antepasados.

También para los godos el año nacía con el invierno, pues el Sol y la Luna eran los dos primeros hijos del Cielo, y su alternancia genera el ciclo terrestre, teniendo que el día nace de la noche que es su matriz, y es por ello por lo que también el año comienza con el invierno.[Nota 44]  Igualmente era celebrado el principio del Año entre las sociedades célticas, pues a la llegada del invierno era cuando el "Mac Oc" era concebido y nacía durante el primer día de la fiesta del "Samain", cuando tenían lugar los grandes acontecimientos míticos, batallas, expediciones al Otro Mundo, muertes rituales del rey, de un héroe, etc., que para los celtas tenían lugar el primero de noviembre.[Nota 45] 

Es preciso de nuevo volver a recordar aquí, y por lo que respecta más concretamente a nuestro ámbito geográfico, la tradicional fiesta de la "Vijanera" o "Viejenera", fiesta ritual que se celebraba el día de Año Nuevo en algunos valles de Cantabria, pudiendo referirse al "viejo-año", palabra compuesta alusiva al momento de su celebración, y a su contenido simbólico; pudiendo admitirse también otra variante, como podría ser "Bijanero", es decir, "dos Janos". No obstante esta última acepción significaría también el tránsito del año viejo al año nuevo.   [Nota 46] 

Vemos, pues, que el contexto nos está remitiendo a un concepto de renovación, y la renovación por excelencia se opera, según Mircea Eliade, en el Año Nuevo:

"...cuando se inaugura un nuevo ciclo temporal. Pero la "renovatio" efectuada por el ritual del Año Nuevo es, en el fondo, una reiteración de la cosmogonía. Cada Año Nuevo recomienza la Creación. Y son los mitos _ tanto cosmogónicos como mitos de origen _ los que recuerdan a los hombres cómo fue creado el Mundo y todo lo que ha tenido lugar a continuación".[Nota 47] 

No cabe duda de que en nuestro contexto, tanto por la iconografía analizada, como por las tradiciones que perviven a través del tiempo, aunque transformadas, podríamos estar ante esto que Mircea Eliade llama la reiteración de la cosmogonía. Para ello tendríamos que contar con la existencia de un mito cosmogónico y de origen, y es precisamente la mitología de las Eddas la que nos lo proporciona, pues supone ya una concepción muy elaborada del "logos", de los símbolos y de la Cosmogonía.[Nota 48] 

El Mundo se renueva anualmente operándose a través de un mito cosmogónico. De esta manera, al final de un ciclo o al principio del otro, tienen lugar una serie de rituales que se encaminan a la renovación del Mundo.[Nota 49]  Y es que, este mundo habitado por seres sometidos a la ley del devenir, de la vejez y de la muerte, reclama una reparación, una renovación, un fortalecimiento periódico, por ello, y con ocasión del Año Nuevo, se celebra la renovación anual del Mundo.[Nota 50] 

Es por ello por lo que en nuestro contexto nos encontrábamos a toda una serie de enmascarados representando a ciertos espíritus terroríficos con un fin determinado, como era el de la expulsión periódica de los malos espíritus (que también aparecían en nuestra iconografía),[Nota 51]  y contribuir a la reproducción de las especies, al mismo tiempo que tenían un carácter purificatorio. Nos encontramos, pues, ante la misma idea de purificación y renovación. Una vez al año el mundo se puebla de espíritus benefactores encargados periódicamente de propiciar la seguridad y pervivencia del grupo. Es por ello también por lo que el hombre necesita periódicamente purificarse y renovarse; y es por ello también por lo que periódicamente celebra el ritual del "regessus ad uterum", de la misma manera que lo realizaban sus antepasados, repitiendo de una manera ritual y simbólica el ser devorado por un animal, animal que en la mitología de las Eddas es Fenfir, el lobo devorador de Wotan, animal psicopompo, como también lo son el león y otros seres de apariencia monstruosa, que vienen a ser, como ya apuntamos, distintas formas de un mismo mitologema, el del animal que devora y al mismo tiempo confiere una virtualidad peculiar al hombre desaparecido en sus entrañas, capacitándolo al mismo tiempo para reaparecer en una nueva vida.

Ya vimos la importancia que tiene el andrófago en la iconografía de estas iglesias, y como tanto animales como formas monstruosas están más ligadas al contexto del lobo Fenfir, que al castigo de los pecadores, y es precisamente éste, como ya tuvimos ocasión de mencionar anteriormente, uno de los protagonistas más importantes, y cargado de simbolismo, en el pasaje del apocalipsis de los "ases".

Saber a ciencia cierta si las gentes de aquella época a quienes iba dirigido el mensaje, eran conscientes de lo que representaba, es muy difícil de afirmar ante la falta de textos que nos lo digan claramente, no obstante, tenemos constancia de que toda una serie de tradiciones, más o menos ancestrales, que la iglesia de Roma intentaba desarraigar, siguen celebrándose en muy distintos lugares, y hablándonos de esa renovación periódica. A su vez, afirmar que nos encontramos ante un mito cosmogónico, cuyo origen podría hallarse soterrado en la mitología de las Eddas, es algo que tampoco podemos asegurar realmente, aunque existan toda una serie de indicios que nos apuntan hacia ellas.

Fue en el S. XI, cuando Soemund Sigfusson recopiló en Islandia los viejos poemas de las Eddas, pero no sabemos hasta que punto su contenido estaba difundido, o permanecía en la mente de aquellas gentes más o menos transformado. No obstante, fue encontrado un manuscrito en el monasterio aragonés de San Juan de la Peña (conservado hoy en día en la Biblioteca Nacional de Madrid y que lleva el número 3.307), que podría estar hablándonos de toda una serie de conocimientos y tradiciones que se mantenían por aquel tiempo, aún vivas, en algunos monasterios. Se trata de una versión visigótica del Libro de los Números, provista de un calendario con cómputo astronómico y una tabla de los ciclos lunares de diecinueve años, en los cuales la notación de los cálculos está hecha con letras del alfabeto gótico.[Nota 52]  También se han querido ver representadas en el "Codex Virgilianus", conservado en el Escorial, toda una serie de runas acompañando a la imagen de Cristo en la Gloria, y que asociadas a un conjunto iconográfico, adquieren un sentido determinado, más que puramente decorativo.   [Nota 53]  Por otra parte, la tradición visigoda en muchos monasterios, y sobre todo en aquellos más apartados, es patente, sólo hace falta recordar las grandes dificultades y oposiciones que la iglesia de Roma encontró, al intentar sustituir el rito hispano por el romano.

También, como ya hemos mencionado, se ha querido ver a Fenfir representado en el manuscrito historiado del Apocalipsis de San Amand, y aunque sin presentar una iconografía de carácter andrófago, pues ilustra el pasaje de San Juan, en el que los viejos cielos y la vieja tierra ceden su lugar a los nuevos cielos y a la nueva tierra, se cree reconocerlo en el centro de la cruz de los cielos, constituyendo así un magnífico ejemplo de reminiscencia y de reinterpretación de las Eddas, lo que nos estaría diciendo que existía todo un recuerdo mitológico soterrado, que no había muerto,[Nota 54]  y que no sería de extrañar, cuando se ha demostrado que el infierno del Beato de Silos, monasterio importante por su ubicación, nos pone en contacto con antiguos círculos gnósticos, lo que vendría a demostrar que seguían existiendo tradiciones que, aunque vinculadas al cristianismo, eran distintas de él.[Nota 55] 

Estaríamos entonces ante lo que supondría un sincretismo. Este papel fue concedido por algunos a Ulfila, obispo godo, cuya misión fue la de traducir a su lengua materna la Biblia, lo que permitió propagar el cristianismo arriano entre los visigodos. Esta obra se conoce por el nombre de "La Biblia de Ulfila", y constituye una síntesis de los alfabetos rúnico, griego y latino. Para Gérard de Sède, si procedió así:

"...se puede pensar que las antiguas creencias religiosas de los godos, ligadas a la escritura rúnica, podían amoldarse al cristianismo arriano sin desaparecer e integrarse, aunque de forma velada, como runas de un alfabeto nuevo.(...) No se trata de una simple y pura sustitución, sino de transposición".[Nota 56] 

Para el citado autor, quizás Ulfila se trate sólo de un personaje legendario, destinado a simbolizar la mutación religiosa. Basándose en el significado de su nombre "nuevo lobo", llega a la conclusión de que el clero godo no consideraba la adhesión al cristianismo arriano, como una ruptura total con su religión ancestral, sino como una renovación de ésta.[Nota 57]  El arrianismo fue abandonado por los visigodos hispanos, pero sólo un análisis en profundidad, muy difícil de llevar a cabo por la quema de manuscritos que tuvo lugar al intentar imponer por la fuerza el rito romano, nos llevaría a saber con certeza, en que medida el clero visigodo convertido seguía manteniendo vivas creencias y costumbres de su antigua mitología, sobre todo en aquellas zonas más apartadas, fuera del alcance de influjos foráneos.

Un caso similar de mutación es el que ve también Markale al estudiar el druidismo en las sociedades célticas, pues llega a la conclusión de que si el cristianismo triunfó tan fácilmente en Irlanda, fue ni más ni menos porque un nuevo druida dios, "San Patricio", fue el que trajo el nuevo mensaje de Fe y Resurrección.[Nota 58]  Por otra parte para el citado autor, si los "fili" irlandeses se convirtieron tan fácilmente en sacerdotes cristianos, tuvo que ser porque los principios teológicos o grandes directrices de la doctrina druídica, de la que eran depositarios, tenían que concordar en su esencia con los de la nueva teología.[Nota 59] 

Se ha querido ver también en el abad visigodo de Aniano, Witiza (750-821), que pasa luego a la historia como san Benito de Aniano, a un gran velador del sincretismo religioso, atribuyéndosele éste, al llevar a cabo la fusión de la Orden benedictina con los monjes irlandeses de San Colombán; de esta manera se produce una síntesis de tradiciones celtas, godas y cristianas.[Nota 60] 

En la plástica existen algunos casos curiosos que podrían estar hablándonos de un singular sincretismo. Por un lado tenemos una terracota siria que reproduce la figura de Jesús con orejas de asno, llevando los evangelios debajo del brazo. Pero más singular todavía es un dibujo del S. III d. de C., que se ha encontrado en Roma. Se trata de una composición en la que podemos ver a Cristo en la cruz con cuello y cabeza de asno, a los pies de ésta aparece la figura de un hombre, y una inscripción que dice así: "Alexamenos adora a su Dios".[Nota 61] 

La figura del asno es de vital importancia para los godos, pues los "ases" fueron los primeros dioses de éstos, y las "asinas" sus primeras diosas, por lo que el asno sintetizaría para los primeros godos, recién cristianizados, las dos divinidades, las antiguas y la nueva. El asno sería un símbolo como lo fue el pez para muchos primeros cristianos.[Nota 62]  Incluso en el S.VI, los visigodos más nobles hispanos acostumbraban a llamarse entre sí con el nombre de "anses" o "ases", como lo habían hecho siempre.[Nota 63] 

También podemos ver como su espíritu pervivirá durante toda la Edad Media en la tradicional "Misa del Asno", pues incluso de ella poseemos un ritual escrito por Pierre de Corbeil, arzobispo de Sens, a finales del S. XII y principios del XIII.[Nota 64] 

Por otra parte, esta figura tan singular no desaparece de repente, sino que puede verse como pasa a la iconografía posterior, siendo innumerables los ejemplos que tenemos en donde se representa la figura de este animal en diferentes actitudes: como músico, como sacerdote diciendo misa, e incluso como trono del Señor, etc.[Nota 65] 

Para G. de Sede, los godos, arrianos o cristianizados, conservan en la memoria sus antiguos dioses, aquellos muertos en el apocalipsis de las Eddas, y vueltos a resucitar con otros nombres y otras formas. Es por ello por lo que todo el bestiario de Asgard se ha incluido de una forma u otra en tímpanos y capiteles. Ejemplo de ello lo encontramos en un relieve de Compiègne, conservado hoy en día en el Museo de Antigüedades Nacionales de Saint-Germain-en-Laye, en el que vemos a Wotan con Hugin y Munin, los dos cuervos encargados de soplarle al oído las noticias que ocurren en el mundo. También en un fragmento de un bajorrelieve encontrado en Alise-Sainte-Reine, en Côte-d’Or, está representado un barbudo Wotan, oyendo las confidencias de los dos cuervos. En Chartres, entre los altorrelieves de una casa de la calle Chantault, nos encontramos con otro pasaje de las Eddas, aquel en el cual los dos cuervos le regalan a Wotan una camisa mágica. Por otra parte, a Hugin y Munin los vemos aparecer solos en la iglesia de Saint-Julien de Brioude, y en la puerta meridional de la iglesia de Aulnay de Saintonge se encuentran en compañía de Geri y Treki, los dos lobos fieles de Wotan.[Nota 66]  No cabe duda de que todos estos ejemplos nos están hablando de una mitología que aún no está perdida, pues se sigue representando en la plástica, y tanto ésta como muchas costumbres imperantes, nos están diciendo que el recuerdo anterior aún pervive.

Es por ello por lo que muy bien el lobo andrófago, convertido muchas veces en león o monstruo, pudiera estar representando a Fenfir, lobo devorador y por tanto destructor, causante del mal y de la destrucción, pero que cobra un sentido completamente distinto, ya que se convierte en el símbolo de la muerte que permite un nuevo renacimiento. Aportaría pues todo un mensaje de resurrección y renovación a través de la muerte simbólica.

 

 


 [Nota 1]BEIGBEDER, 0.: Léxico de los símbolos, pág. 295-296.

 [Nota 2]YARZA LUACES, J.: Formas artísticas de lo imaginario, pág. 173.

 [Nota 3]Ibídem, pág. 87.

 [Nota 4]Ibídem.

 [Nota 5]CHAMPEAUX, G. de, y STERCKX, D.S.: Introducción a los símbolos, pág. 340.

 [Nota 6]SHARKEY, J.: Misterios celtas, pág. 39.

 [Nota 7]Este relato lo encontramos narrado más ampliamente, en SEDE, G. de: El misterio gótico, pág. 153-55.

 [Nota 8]Ibídem, pág. 155.

 [Nota 9]BEIGBEDER, 0.: Op. cit., pág. 295-296.

 [Nota 10]SEDE, G. de: Op. cit., pág. 244.

 [Nota 11]GUERRA, M.: Simbología románica, pág. 81.

 [Nota 12]CHAMPEAUX, G. de, y STERCKX, D.S.: Op. cit., pág. 340.

 [Nota 13]Ibídem, pág. 337. Para ellos aclararía el tema del lobo andr6fago de Rozier-Côtes-d'Aurec, y el de los monstruos andrófagos de las regiones influidas por las concepciones galas y celtas.

 [Nota 14]RUIZ, R. y PAGES, M.: Op. cit., pág. 114. Según su traductor, las estelas encontradas son ibéricas, pero sus reversos muestran una doble traducción al griego y al fenicio. Ver: GENER, H.: "Poema de Tivis" (Introducción y traducción), Archivo Español de Arqueología, Nº 79, 1982, págs. 177-186.

 [Nota 15]Ibídem, pág. 116. Se hace hincapié en que el final del poema corresponde exactamente a este verso. Más información sobre el Poema de Tivis y la leyenda de Daniel, en: Ibídem. págs. 95 a 117.

 [Nota 16]Ejemplos claros los encontramos en: YARZA LUACES, J.: "Los seres fantásticos en la miniatura castellano-leonesale. Op. cit., págs. 156-78. También son numerosos los ejemplos recogidos con este mismo sentido por: BEMBEDER, 0.: Léxico de los símbolos, págs. 289 a 305. E igualmente podemos verlo en algunos estudiados por: CHAMPEAUX, G. de, y STERCKX, D.S.: Introducción a los símbolos, págs. 336-42.

 [Nota 17]CIRLOT, J. E. : Diccionario de símbolos, pág. 169.

 [Nota 18]GAIGNEBET, C. y LAJOUX, J.D.: Art profane et religion populaire au moyen âge, pág. 79.

 [Nota 19]Ibídem, pág. 81.

 [Nota 20]Ibídem, pág. 79.

 [Nota 21]EVANS, E.P.: Animal symbolism in ecclesiastical architecture, London, 1896; REAU: Iconographie de l'Art Chrétien, París, 1955, vol. I, pág. 111. En: GOMEZ MATEO, I.: Escultura gótica española. Las sillerías de coro, pág. 95, nota 201 de la misma página.

 [Nota 22]Así lo vemos aparecer en muchas sillerías de coro, aunque en otras actitudes. Es algunas veces el oso goloso, ávido degustador de miel y de frutos dulces como el madroño, y por ello, basándose en algunos escritos de San Buenaventura, se ve en él el símbolo de los apetitos carnales. Otras encarnará a los perezosos, o a los improvisadores. También se le representa como atributo de la ira o la misma personificación del diablo, etc. MATEO GOMEZ, I.: Op. cit., págs. 95-100. A través de estas páginas recoge toda una serie de textos literarios que la llevan a darle una serie de simbolismos en este sentido, no obstante, no los recogemos íntegros aquí, por considerar que no nos incumben, ya que no aparece en nuestra plástica ninguna representación semejante, ni parecida, a éstas de las sillerías de coro que ella presenta.

 [Nota 23]GAIGNEBET, C. y LAJOUX, J.D.: Op. cit., pág. 79.

 [Nota 24]Representaciones del citado animal, u hombres disfrazados de tal, aparecen con gran profusión en toda nuestra iconografía, aunque algunas veces en otras actitudes, como es el caso cuando aparecen entre la iconografía juglaresca, por lo que no dudamos de su importancia dentro de la temática que tratamos.

 [Nota 25]Véase: "Los Enmascarados".

 [Nota 26]RAMIREZ SADABA, J.L.: Fiesta de invierno y tiempo de carnaval, pág. 12.

 [Nota 27]Para una mayor información sobre estas mascaradas suletinas, ver: CARO BAROJA, J.: El Carnaval, págs. 178-95.

 [Nota 28]RAMIREZ SADABA, J.L.: Op. cit., pág. 30.

 [Nota 29]CIRLOT, J.-E.: Op. cit., pág. 344.

 [Nota 30]Tales simbolismos están ampliamente estudiados y analizados en: BEIGBEDER, 0.: Op. cit., págs. 289 a 305.

 [Nota 31]Ibídem, pág. 292.

 [Nota 32]Ibídem, pág. 294.

 [Nota 33]Ibídem, pág. 290.

 [Nota 34]Ibídem.

 [Nota 35]CHAMPEAUX, G. de, y STERCKX, D.S.: Op. cit., pág. 337.

 [Nota 36]BEMBEDER, 0.: Op. cit., pág. 291.

 [Nota 37]Ibídem.

 [Nota 38]Ibídem, pág. 290.

 [Nota 39]ELIADE, M.: Mito y realidad, pág. 85. Para el citado autor, sería ésta también una imagen mística que expresa la necesidad de transcender los contrarios, de abolir la polaridad que caracteriza la condición humana, para acceder a la realidad última. Del mismo autor: Imágenes y símbolos, pág. 91.

 [Nota 40]ELIADE, M.: Mito y realidad, pág. 87.

 [Nota 41]Ibídem.

 [Nota 42]Ibídem, pág. 88.

 [Nota 43]De ecclesticis officiis, I, XLI: "Divi Isidori Hispalensis episcopi opera"

 [Nota 44]También para los godos el año nacía con el invierno, pues el Sol y la Luna eran los dos primeros hijos del Cielo, y su alternancia genera el ciclo terrestre, teniendo que el día nace de la noche que es su matriz, y es por ello por lo que también el año nace con el invierno. URDIZ, G.: La magia de las runas, pág. 22.

 [Nota 45]MARKALE, J.: Op. cit., pág. 184.

 [Nota 46]RAMIREZ SADABA, J. L.: Op. cit., pág. 9.

 [Nota 47]ELIADE, M.:- Mito y realidad, pág. 48.

 [Nota 48]Ya apuntamos como en las Eddas Fenfir es el lobo cósmico, gracias al cual se produce un nuevo ciclo, introduciéndonos de esa manera en esa filosofía que ha venido en llamarse "del eterno retorno". SEDE, G. de: Op. cit., pág. 149.

 [Nota 49]ELIADE, M.: Mito y realidad, pág. 49.

 [Nota 50]Ibídem, pág. 52.

 [Nota 51]Ver en este mismo estudio: "Los Enmascarados".

 [Nota 52]SEDE, G. de: Op. cit., pág. 185.

 [Nota 53]Ibídem, pág. 241.

 [Nota 54]Ibídem, pág. 244.

 [Nota 55]Esto ha sido demostrado por M. Schapiro en su trabajo sobre el monasterio de Silos. Para un mayor conocimiento sobre el tema, ver: Schapiro, M.: Estudios sobre el románico, págs. 37 a 119.

 [Nota 56]SEDE, G. de: Op. cit., págs. 148-51.

 [Nota 57]Ibídem, págs. 151-56.

 [Nota 58]MARKALE, J.: Op. cit., pág. 227.

 [Nota 59]Ibídem, pág. 229.

 [Nota 60]Ibídem, pág. 234.

 [Nota 61]Ibídem, pág. 245.

 [Nota 62]Ibídem, págs. 244-45.

 [Nota 63]Ibídem, pág. 65.

 [Nota 64]Parte del ritual se puede ver en: SEDE, G. de.: Op. cit., págs. 249-50.

 [Nota 65]Ejemplos concretos los encontramos en: Ibídem, págs. 246-48.

 [Nota 66]Ibídem, págs. 242-44.